martes, julio 08, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 2




Fabiana era alta y elegante, rubia y de tez muy blanca. Sus ojos,  alguna vez lucieron un brillo que hoy ya no se puede encontrar tras la irritación constante de la que sufre debido a sus constantes noches sin dormir.
 - Ahí viene la mamá de Cecilia. De nuevo vestida como bataclana
Rumoreó una mujer con cara de asco que se encontraba en la entrada de la escuela 
- ¡Pero es que no tiene vergüenza esa mujer! ¿No le da pena su pobre hija?
- ¿Y sabes lo que dicen por ahí?
- ¿Qué cosa, dime? En todo caso ya de ella nada me extrañaría
- Espera que ahora dicen que su matrimonio pende de un hilo ¡anda con un chico que podría ser el novio de su hija!
- ¡Uf! no lo pondría en duda
- Pero ¿y no sabes quien es?  ¿Es alguien de aquí del colegio?
- Creo que no. Pero lo averiguaré
- ¿Y cual sería el problema? - se acercó Fabiana, apoyando sus codos sobre la mesa para cooperar con la cotilla; dejando todo su trasero a vista y paciencia de quien quiera pasar y detenerse a admirar el paisaje - está de moda ¿no?... digo... tener... ¿cómo le dicen?... un "toy boy".  Jajajaja,  río sonoramente.
Las mujeres se la quedaron viendo atónitas poniendo los ojos como platos sin poder cerrar la boca por un buen rato observando como se alejaba de ellas para sentarse hasta el final del salón cruzándose de piernas sin hacerles el menor caso.
 - Es una descarada - dijo luego una viendo que ya llegaba el profesor para comenzar la reunión.
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Gualberto era un hombre siempre muy ocupado. Se había querido mantener así desde que ella ya no fue la misma. Por aquellos días había estado a muy poco de poder lograr lo que tanto anhelaba. Su sueño de toda la vida. El sueño de ambos. Por fin su nombre volvería a ser parte de la firma que fundó su abuelo y que sus tíos le arrebataron de las manos sin piedad dejandolo casi en la ruina a él y a su madre.
Pero Fabiana de a poco había comenzado a volverse extraña. Pasaba largos silencios solitaria sentada en el jardin con su bebé en brazos.
Él solía observarla desde lejos sin interrumpirla, creyendo que así no invadía su privacidad, su metro cuadrado.
Pero el tiempo transcurrió y ella parecia no mejorar. No soportó la pena de verla así y dejó todo de lado por cuidarla y junto a sus pequeños hijos  partió de viaje por unos meses.
Para cuando regresaron la firma de abogados accedió a recibirlo con la condición de que nunca más volviera a levantarse en contra de ellos, de lo contrario le cerrarían las puertas de todos los lugares donde podría desenvolverse en lo que sabía hacer mejor, 
Gualberto volvió de aquel viaje derrotado. Ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Sentía que ya no le quedaba nada. Sólo le quedaban sus pequeños hijos.
Había  dejado a su novia de toda la vida, la mujer con la que su madre casi lo había obligado a casarse para recuperar las empresas y su dignidad, por ella. Todo lo dejo por ella, por ese cuerpo y aquella boca que lograba enloquecerlo. Por esa sonrisa sonora que lograba llevarlo hasta las nubes y volverlo invencible. Amparito lo esperó mucho tiempo. Ella sabía que él volvería a amarla como siempre lo había hecho, como se lo había prometido. Hasta que aquella aventurera se lo arrebató de las manos a días de su matrimonio. Sin piedad.
Ahora, ella tampoco la tendría. Gualberto hacía tiempo que le era infiel. Al poco tiempo después de volver de su viaje ya la había hecho su amante. Pero ni aun así él lograba sentirse medianamente feliz. De alguna manera las tenía a las dos, pero a ninguna a la vez. Lo sabía y ya parecía no importarle nada.
 - Hola mi amor. No te esperaba
- Hola - respondió él de una manera muy seca. No lo reconoció
- ¿Qué pasa? ¿Sucede algo?
- Nada. Sólo estoy cansado. Quiero darme una ducha y dormir tranquilo. ¿Será que se puede?
Amparito lo veía entrar y moverse rápido entre los muebles; desprenderse de sus ropas y meterse en la habitación. Ella lo amaba, siempre había sido así. Lo deseaba. Aquel hombre había sido y sería siempre su primer y único amor. Ahora lo observaba como sacaba su blanca camisa con apuro, con desgano, con la mirada perdida, con enfado. Quería acercarse para acariciar su pecho, sus hombros desnudos que tanto adoraba y le hacían estremecer pero no se atrevió. Un extraño fuego atravesaba su mirada y tuvo miedo.
Una vez en la ducha, no podía dejar de pensar en ella y en ese chico con el que sabía que andaba. Nuevamente tenía pruebas que la inculpaban. Las evidencias le habían llegado hasta sus manos. Aunque le rogara por probar su inocencia, esta vez no podría. Una rabia inmensa lo inundó y lo apresó. No quería volver a sentir eso otra vez. Otra vez no. Esta vez de verdad no lo resistiría.
Cada vez que algo así ocurría Fabiana parecía de nuevo la misma de antes. Aquella ingenua pecosa de la cual se enamoró y a la que no podía dejar de amar.
¡Cómo podía ser que de un momento a otro pudiese ser dos mujeres tan diferentes!
Lo de él y Amparito era, bueno, por que ella siempre había estado ahí cuando él más la necesitó pero ella, ella era de él y la amaba así, loca y ... algo extraña, pero...
 - ¡Es mía...Sólo mía....maldita sea!

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