sábado, agosto 02, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 11



La lluvia había comenzado a hacer estragos en sus sentidos. Max se sentía cansado. La veía luchar con fiereza. La quería alcanzar, pero sentía que sus fuerzas le abandonaban con cada paso que daba.

El cielo se volvía a iluminar de repente y un rayo se precipitó muy cerca de donde se libraba la batalla.

A Fabiana también le estaban abandonando las fuerzas. El recuerdo de la voz de sus esposo y el llanto de su pequeño hijo la mantenían aún de pie frente a aquella oscura figura que una y otra vez la golpeaba y azotaba su frágil espíritu con los recuerdos de su infancia y juventud.

Aquella mañana de invierno sus ropas habían desaparecido de su vestidor, luego de ducharse después de las clases de gimnasia. Salió de las duchas envuelta solo con una pequeña toalla y esperó. Tenía sólo 14 años, sus padres se la pasaban viajando. Nunca estaban en casa, por lo que sabía que debía esperar a que su "nana" la fuera a buscar. No era la primera vez que sus compañeras le hacían una broma como aquella.

Mara sabía que si Fabiana se tardaba en llegar, algo le había sucedido y debía llevarle, entre otras cosas, una muda de ropa para cambiarse.

Cuando Mara llegó, la esperó pacientemente fuera de los vestidores mientras ella se vestía, sólo que en esta ocasión además de haberle quitado las ropas se las habían ingeniado para tomarle fotografías a su pequeño pero desarrollado cuerpo desnudo, las que luego hicieron correr por todo el colegio.

Jamás olvidaría la risa burlona de Amparito cuando la apuntó con el dedo en frente de Gualberto aquella tarde en que él le daba su primer beso.

- ¿Pero es que no reconoces a una zorra cuando la ves? ¿No sabes lo que dicen de ella? Mira... mira a tu zorrita. ¡No puedes intentar creer que esa es mejor que yo!... ¿Y tu?... creías que él podría fijarte en una poquita cosa como tú. Por favor ¡mírate!

- ¡Ya cállate. Vámonos!

Gualberto miraba aquellas fotos con angustia y con dolor. Se levantó del banco de aquella plaza sin siquiera preguntarle nada... y se había ido junto a ella dejándola vacía y sola, con el sabor de sus labios aun quemando en su boca y en su lengua. Con la piel ardiente y las huellas de sus manos tatuadas a fuego sobre su piel para siempre.

Esa fue la última vez que lo había visto. Luego tendrían que haber pasado 3 años sin atreverse a cruzarse nuevamente por su camino, durante los cuales continuó siendo la burla de sus compañeras pero además debía enfrentar el hecho de saber que ella y él se habían comprometido para casarse una vez que Gualberto egresara de la universidad.

Fabiana volvía a sentir aquella angustia y soledad. Miró a su alrededor y no lo vio.

- Ríndete. Ya no puedes luchar más. Estás sola. Tu vida es mía. ¡Él es mio!
- ¡Nunca! - gritó Fabiana con un hilo de voz mientras veía como su cuerpo comenzaba a vestirse con otras almas.

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