viernes, agosto 29, 2014

CADENAS



Cadenas carmesí
aprisionan esta carne
que encierran y alejan
el dulce fuego 
de una pasión escondida

Esclava del desamor,
lleno las distancias 
con sueños de sombras húmedas
y ojos prisioneros,
con manos conocidas de ayeres
imposibles que tiran
de mi piel herida.

Cadenas que esperan
el dulce calor de tu mirada,
que rompa el hechizo
que me dejó el roce de tu boca
en mi mente desvariada.

© Sam Mezylv 29082014

martes, agosto 26, 2014

TACONES DE OTOÑO / CAPÍTULO 15


- ¡Pero qué..! 

Eso no era lo que le habían dicho. ¿Dónde estaba?, ¿entre que gentes? Todo era oscuridad y abismo.
¿Dónde estaban sus padres? Le habían mentido y ahora... todo estaba perdido.

Su alma permanecía quieta, abandonada. Él mismo ya no quería seguir luchando. Lo había entregado todo, todo por liberarse de aquella condena que le perseguía desde su nacimiento. Ni siquiera aquella dulce voz que creía oír a lo lejos lo podría ahora levantar de aquel sopor. 

Su cuerpo estaba casi totalmente despoblado de carne pero no dolía, lo que ardía y lo mantenía casi sin poder controlar las lágrimas azules brotando desde sus trémulas mejillas, era la insoportable necesidad de creer que aquella voz que continuaba oyendo ya no volvería a estremecer todos sus sentidos nunca más. Jamás oyó decir su nombre salir de aquella boca. No volvería a tocarla ni a sentirla tan cerca de su cuerpo como hacía solo unos momentos atrás, cuando supo que había llegado su fin.

- ¡Max! ¡no vayas, no me dejes! ¡Vuelve por favor! ¡Te necesito!

Cada grito era una súplica que salía desde lo más profundo de su alma. Cecilia lloraba sin poder contenerse mientras Tomas la cubría con su cuerpo y con sus alas para que los demonios no la alcanzaran.

Gualberto no se pudo contener. Ni los gritos de Fabiana lograron dejarlo quieto. Él debía correr a salvar a su pequeña de esas horrorosas sombras que amenazaban con destruirla y que pululaban sobre su pequeño cuerpo sin piedad.

Las violentas ráfagas de viento no le permitían acercarse hasta ellos tan rápido como hubiera querido. A lo lejos escuchaba los gritos de Fabiana pero él sólo pensaba en que debía tenerlos a todos a salvo, no podía dejar que su hija ahora corriera los mismo peligros que su madre. 

De pronto se detuvo y miró hacia atrás. ¿Y si volvían por ella, por su esposa, aprovechando que él ya no estaba a su lado para detenerlos?

Su corazón no tenía respuestas. Miraba hacia ambos lados hasta que de pronto Cecilia ya no estuvo a su alcance. Había desaparecido junto con el extraño hombre que los había detenido.

El abismo se había transformado en un océano de aguas cálidas cuando la voz de ella volvía a desconcertarlo.

- ¿Será que.... podría ser....?
- ¡Max ayúdame por favor!
- ¿Cecilia?
- Hijo. Levántate. Ven por ella. Yo ya no puedo más

Era la voz de Tomás transformada en un susurro

Max, tragó saliba. ¿Sería que aún podría lograrlo? Ella lo necesitaba, su tío también. 

Tal vez si daba una brazada sobre esas aguas.... y luego otra. Ahora sólo debía probar a respirar por sus propios medios... abrir los ojos, abrir su mente... volver.

Sacó la cabeza del agua y ahí estaban ellos, sus padres. Una tenue luz los iluminaba mientras en su cabeza oía sus voces lejanas que le decían que volviera.

- Mamá 

Se detuvo y respiró profundo pero atragantado. Ella lo miraba con dulzura

- Escoge hijo. Nada está perdido aún.

Su padre le sonreía 

- Te amamos... Ve

Max giró su cuerpo y comenzó a nadar desesperado mientras sentía que tras de él una ola gigante lo atraparía en cualquier momento. Sombras espectrales acompañaban su huida; ni aun así se detuvo, la voz, su voz lo guiaba.

Tomas enfrentaba a los que lo habían arrojado hasta aquel infierno. Él los esperaba tranquilo. Sabía que le pisaban los talones desde que salió de su hogar.

Cecilia permanecía aferrada al cuerpo de aquel hombre confiando en que pronto llegarían a sacarla de esa horrible pesadilla.

Max logró llegar a la orilla desde donde podía divisar a su tío pero no veía a Cecilia por ningún lado. Corrió desesperado pero sintiendo una nueva fuerza dentro de él. Los demonios que lo perseguían habían quedado hacía rato muy atras aunque sabía que no dejarían que huyera.

- ¡Tío!
- ¡Max... al fin!

Mientras se iba acercando hasta ellos ambos luchaban contra las sombras que los atacaban sin cesar, desesperados, queriendo llegar hasta el cuerpo de Cecilia, quien estaba sentada sobre sus rodillas con la cabeza escondida entre sus brazos.

Pronto los alcanzaron quienes venían desde el averno del que había logrado escapar Max y la batalla se hacía muy difícil de continuar sin que perdieran definitivamente algo más que su alma.

De pronto, otro cuerpo se hizo visible el que los hizo distraerse por unos momentos.

- ¡NO! - gritó Tomás - ¡Emilia, NO!

Gritaba Tomás mientras corría tras ella al verla acercarse peligrosamente hacia la cueva donde estaban todas las almas perdidas.

Max se elevó muy alto y al bajar a una velocidad impresionante tomó el cuerpo hecho un ovillo de Cecilia y la llevó muy lejos de toda esa terrible pesadilla.

Mientras buscaba el portal por donde podría volver al mundo de los vivos, escuchaba los gritos de sus tíos. Los que toda su vida lo habían cobijado y le dieron tanto amor y cariño. No pudo evitar derramar más de sus mágicas lágrimas azules las que cayeron en forma de ceniza sobre la cabeza de Cecilia.

Ella, finalmente, se atrevió a alzar la mirada y lo vio. Su piel destrozada, sus bellos ojos colmados de un líquido ¿azul? y ella protegida entre sus fuertes brazos. Se aferró a su cuello y con el corazón desbocado,  deseó nunca volver a salir de ahí.

A pesar de haber salvado con vida de todo aquello, Max sabía que algo muy dentro de él había muerto junto a ellos.

Ya nada sería lo mismo a partir de ahora.


FIN PRIMERA PARTE....


© Sam Mezylv (26082014)

lunes, agosto 25, 2014

TACONES DE OTOÑO / CAPÍTULO 14



- ¡Max! - volvió a escuchar casi en un murmullo y de pronto ya todo era oscuridad y vacío.

Su cuerpo, otrora imponente, era arrastrado hacia el fondo de un abismo lúgubre en donde otros demonios y almas perdidas aguardaban saciar su sed de sangre pura con la irracional esperanza de volver a la vida. Así al menos les habían hecho creer ellos, cuando vendieron su alma por un poco de poder.

Tomas ya no tenía mucho tiempo, intuía que su sobrino tenía poco tiempo. Corría desesperado por entre las tumbas. Su vehículo había quedado atascado en el fango y no pudo sacarlo de ahí, por lo que no se demoró mucho en pensar hacer lo que restaba de camino a pie.

Gualberto apretaba sus puños con fuerza sobre el volante de su camioneta. Su corazón palpitaba a mil y en su cabeza no dejaban de transitar las imágenes que hacía tan solo unos momentos habían dejado a su mujer casi sin vida y que a él lo estaban volviendo loco. 

Fabiana intentaba comprender lo sucedido. No tenía las fuerzas necesarias para sostener a su pequeño en brazos pero desde donde se encontraba le hablaba bajito para intentar hacerlo reaccionar. Lo hacía en un tono de voz muy bajito y en una lengua que cuando Gualberto y Cecilia la pudieron escuchar, supieron que no era la propia.

De pronto, un cuerpo se cruzó en el camino con los brazos abiertos.

- ¡Por favor Vamos de vuelta! ¡Max nos necesita! - suplicaba Tomas subiendo en la parte de atrás con los ojos colmados de dolor y angustia.
- Pero... pero... ¡Quien es usted!. Bájese de inmediato. Mi hijo no está bien. Lo llevamos a la clínica. ¡Se nos muere! - exclamó Gualberto horrorizado ya a punto de colapsar.

Entonces Fabiana lo supo. Miró a su esposo con amor y puso una mano sobre la suya.

- Ivo estará bien. Debemos volver por el muchacho. Por favor. Confía en mi

En ese momento Cecilia no dejaba de quitar la vista de Tomas y de lo que hacía con su hermano. Sus manos brillaban de una forma antinatural mientras cubrían la cabeza del pequeño.

- Pa..pá.... ¡Papá!

Gualberto desvió la mirada hacia atrás y lo vio. Su pequeño volvía a reaccionar. Sus manitas jugueteaban con los dedos de su hermana y ¿sonreía?

- Por favor, se los suplico. Ya no tenemos tiempo. ¡Ya vienen!

Fabiana se sintió de repente con más fuerzas. Se acomodó sobre el asiento mientras no dejaba de tomar las manos de Gualberto entre las suyas.

- Mi vida por favor. Debemos volver.

Él volvió a mirar por el espejo retrovisor observando el rostro de sus hijos y luego se volvió al de su mujer. No entendía nada y no estaba seguro de querer saber nada.

- ¡RÁPIDO!... ¡YA ESTÁN MUY CERCA!
- Mierda - exclamó, poniendo marcha atrás y acomodando el vehículo para llevarlo de vuelta hacia aquella tumba.

Mientras se iban acercando, el corazón de Cecilia retumbaba en sus oídos y en todo su cuerpo. Una sensación de pánico y de profundo dolor se había instalado en el centro de su pecho.

La angustia que le había provocado la repentina fiebre de su hermano le había hecho olvidar al muchacho que la había tomado entre sus brazos y la había llevado volando hasta los pies de aquel frondoso árbol.

- Max, susurró con los ojos entrecerrados y a punto de desbordarse.
- Tu me ayudarás pequeña. Él oirá tu voz 

Tomas le tomaba las manos y la miraba con dulzura. Cecilia saltó sobre su asiento al sentir el contacto de aquellas manos frías pero no tuvo miedo.

De pronto el cielo volvía a encapotarse nuevamente. Las nubes parecían algo siniestro y el frío y el viento estremecían fuertemente las copas de los árboles.

Gualberto estacionó dando un fuerte frenazo y Tomas salió corriendo hacia fuera de la camioneta llevando consigo a Cecilia.

Al ver a su hija fuera de su alcance, Gualberto quiso ir por ella pero Fabiana lo retuvo.

-Déjala. Ella sabe. Ella lo logrará - le dijo con un tono de voz más audible - Quédate conmigo, por favor, no me sueltes.

Él la miraba atónito. Su cabeza giró hacia atrás, donde Ivo no dejaba de moverse relajado en su sillita. Luego volteó la mirada hacia afuera y su corazón se detuvo.

© Sam Mezylv

viernes, agosto 08, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 13




Cecilia se abrazaba contra el cuerpo inerte del pequeño Ivo. Algo andaba mal. El niño no respondía a sus caricias, a sus llamados, a sus besos en la frente y en las mejillas. Su cuerpo ardía.

- Ivo... chiquito... despierta... vamos... qué pasa?

Pero el niño no reaccionaba. 

Al ver que la lluvia y el viento habían cesado, decidió levantarse de su refugio bajo aquel frondoso pino y correr de vuelta hacia la camioneta. Debía encontrar a sus padres pronto. Su corazón latía con fuerza.

********************************************

Tomas había logrado salir de casa sin preocupar a su mujer. La dejó dormida. Besó su frente y se despidió. Ella no abrió los ojos hasta sentir que había salido de la habitación. Las lágrimas brotaban silenciosas por su rostro pálido. Mordió sus labios y ya pronto no aguantó más el dolor en el centro de su alma. Hundió la cara en la almohada y ahogó un grito que sabía no le ayudaría a hacer que su amor regresara. Max lo necesitaba y era un tema que ya habían conversado millones de veces. Emilia sabía lo que ahora debía hacer. Secó sus lágrimas e hizo algunas llamadas.

- Es ahora... Si.. Están solos. 

*****************************************

El cielo a sus espaldas ya pasaba de rojo a un color violáceo muy profundo. Max sabía que era su propio miedo el que lo hacía ver aquella realidad con esos colores. Respiró profundo. Cerró los puños con fuerza, dejando libre el alma de Fabiana; la que había comenzado a tomar peso y volumen nuevamente y luchaba por volver a ser parte de su vehículo que la ayudaba a transitar por la misma dimensión que su amado Gualberto.

Los demonios corrieron hasta ella cuando vieron que comenzaba a recuperarse. Él no era su principal objetivo. Tenían órdenes claras de entidades muy poderosas, que eran capaces de habitar ambas dimensiones, de no dejarla volver escapar o ellos terminarían en el lugar más infame de todos los infiernos conocidos, el Tártaro.

Max se puso delante de ellos no permitiéndoles el paso y así pudieran volver a alcanzar el alma herida de Fabiana.
Se cruzó de brazos frente a ellos, bajó la mirada para luego levantarla con seguridad y valor, los traspasó con sus pupilas verde musgo mientras que el cielo se tornaba de colores anaranjados.

En ese pequeño infierno Max no podía hacer mucho. Sus poderes eran muy limitados. Sobre todo estando en las cercanías de un cementerio.

Las fuerzas oscuras que ahí habitaban, muchas veces no ayudaban a la causa de los ángeles custodios y mucho menos a los custodiados.

Los demonios le habían dado alcance. Su hedor se le había impregnado en sus narices y creía sentirlo por todo su cuerpo. Se sentía asqueado y mareado.

Uno de ellos, quien solía apoderarse del cuerpo de Fabiana, se acercaba de manera tan rápida y fugaz hacia él que apenas se daba cuenta cuando éste lo tenía agarrado de la cabeza, mordiéndole con violencia para luego lamerle las heridas y marcas que le dejaba en su blanca piel. Max se defendía dando golpes en el aire. Ese era su territorio y lo conocían muy bien. Max sabía que no podría aguantar mucho más.

Aquellas almas perdidas estaban de muy mal humor. Ya habían notado que el alma que necesitaban robar la habían vuelto a perder y era por causa de aquel ángel entrometido. Sus pequeños ojos estaban rojos de rabia y desde sus bocas caía la sangre que habían logrado sacarle a su víctima.

- Si no la podemos tener a ella, te tendremos a ti para jugar un rato.

Susurró uno de ellos mientras lo tenía bajo su cuerpo rozando con sus colmillos las partes de su cuerpo que aun le quedaban algo de piel sana.

Max, había dejado de luchar hacía un rato. Decidió pensar en sus padres. El trato era que pronto los volvería a ver. Ya no le importaba lo que sucediera con su cuerpo, ni el dolor que pudiera estar sintiendo. Ellos estarían bien. Cecilia estaría bien. Ya ahí nadie lo necesitaba.
Cerró los ojos y tragó saliba.

- ¡Max!

Creyó escuchar su nombre a lo lejos. Quiso abrir los ojos que ya le pesaban demasiado por lo hinchados que los tenía y no pudo. Decidió volver a cerrarlos.

*****************************************************

Cecilia encontró a sus padres abrazados cerca de la camioneta. Corrió hacia ellos con el pequeño entre sus brazos.

- Mamá! Papá! Ivo no está bien. Tiene mucha fiebre!. No despierta!... Tengo miedo!

Gualberto por fin reaccionó al ver a su hija correr desesperada hacia ellos. Recordó haberla dejado bajo aquel árbol junto al bebé y tembló.
Fabiana en ese mismo momento parecía volver a sus sentidos.

- Papá, por favor llevémoslo al médico. No reacciona
- Dios mío! Tiene muchísima fiebre!
- Mis niños? Cecilia? Ivo?... Qué... Qué
- Calma mi vida. Debes estar agotada. Vamos.

Gualberto no la quiso angustiar. Trató de mantener la calma a pesar de que tuvo mucho miedo por la casi nula reacción del niño a los estímulos que le daba para que recobrara la conciencia.

- Vamos! suban a la camioneta. Cecilia, quítale un poco de ropa y luego lo recuestas en el asiento, no lo cubras. Fabiana, mi vida. Ven, apóyate en mí.


sábado, agosto 02, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 12



Max, lo supo de inmediato. Fabiana estaba perdiendo definitivamente su alma. Debía correr, apresurarse. Ya no quedaba tiempo.

Gualberto ya se encontraba muy cerca de ella. Su cuerpo estaba tumbado a un costado de la camioneta. Sus pies comenzaban a ponerse azules como sus bellos labios. 

-¡Fabiana!

La tomó entre sus brazos y la presionó contra su pecho.

- Aquí estoy mi vida. No te dejaré de nuevo. Por favor vuelve.

Susurró contra su cuello mientras unas frías lágrimas se derramaban por sus mejillas hasta llegar a su boca. Cerró los ojos y recordó el dolor que sentía cada vez que la sabía tan cerca de él y no podía mirarla ni hablarle. Él sólo deseaba tenerla nuevamente entre sus brazos, escuchar su dulce voz y besar esos labios que lo enloquecían. Pero su indiferencia era para protegerla. Él sabía que si volvía a acercarsele, Amparito y sus amigas no dejarían de hacerle daño y él no podría estar a su lado para defenderla.

La veía tan indefensa, tan pequeña y adorable que sufría con solo imaginar que la dañaban con esas burlas tan hirientes.

Amparito se había encargado de hacerle creer que nada había tenido que ver con la pequeña broma que le habían hecho y que ella se encargaría de protegerla si él se lo pedía, pero no debía dejarla, porque de hacerlo no se haría responsable de lo que pudiera sucederle a Fabiana.

Gualberto no pudo con eso y debió ceder. Sus padres y la familia de Amparito tampoco se lo hicieron más fácil. Ellos siempre insistiendo que debían unirse para que sus familias sean aun más poderosas.

Su cabeza y su corazón eran un torbellino de ideas y sentimientos que no lograba separar entre rabia, odio, deseo, decepción y amor.

Este último fue el que lo rescató de todo aquel infierno cuando otra foto de Fabiana llegó hasta sus manos. Una que Amparito había hecho llegar hasta sus manos para hacerle ver que ella tenía otro hombre con quien ya lo había olvidado.

Amparito se daba cuenta que él no la deseaba, que no la buscaba, ni siquiera la llamaba. Ella estaba loca por él y el día del matrimonio se acercaba.
Pensó que con el tiempo a su favor aquella juvenil atracción habría quedado en el pasado. Además, con el amor propio de Fabiana por el suelo, no sería difícil conseguir toda la atención y el amor de Gualberto.

Pero aquellas fotografías no hicieron más que volver a encender una llama que jamás se apagó. La rabia y los celos lo llevaron hasta la puerta de su casa y la encaró sin previo aviso.

- Quien es él... ¿así que tan pronto te olvidaste de mi?... Por qué... ¿quien te crees que eres? Yo... yo 

Gualberto la miraba embobado. Hacía tanto tiempo que no lograba poder acercarse a ella que no se había dado cuenta que ahora la tenía tomada de los brazos y a muy pocos centímetros de su boca, pidiéndole explicaciones por algo que sabía ni siquiera tenía derecho a hacer.

- Yo ... te amo

El roce de sus labios la habían vuelto a sacudir como aquella primera vez. Sus manos alrededor de su cintura, su cuerpo tan pegado al de ella que podía sentir traspasar el calor de su piel y adherirse al suyo, el mismo calor que ahora comenzaban a devolverle el alma al cuerpo, su alma.

- ¡Los zapatos! - gritó Max - sus pies continúan azules.
- Fabiana por favor vuelve a mi. ¡Te necesito!
- ¡Ayúdame! No debemos perder mas tiempo
- ¡Vete!, no se quien eres. Fabiana me necesita ahora. No la dejaré de nuevo.

Max se acercó hacia ellos ensombreciendo aun mas el lugar en donde se encontraban tirados. Su cuerpo y sus alas cubrían cualquier halo de luz que pudiera existir en aquel lugar.

- Cecilia e Ivo también los necesitan. A lo dos. ¡Levántate! ¡Ahora!

Gualberto lo hizo casi como si fuera una orden imposible de no acatar. 

- ¿Dónde están los zapatos rojos que le entregué?
- No se de qué zapatos me hablas. Cómo me voy a preocupar ahora de eso. Dime, mírala, ¡la estoy perdiendo!

Max no le hizo caso y lo empujó hasta la camioneta

- Ayúdame a buscarlos... ¡rápido!

Gualberto comenzó a buscar en la parte de atrás del vehículo, mientras Max tomaba los pies de Fabiana con una de sus manos mientras con la otra cubría la superficie central de su cabeza. Cerró los ojos y respíró profundo. Inesperadamente la lluvia comenzó a cesar.

- ¡Aquí están!. ¿Estos son?

Max abrió los ojos que ya no eran verdes si no grises. Su mirada parecía confundida. No dijo nada. Sus manos comenzaron a temblar, como si estuviera luchando contra un gran imán que le impidiera mantenerlas sobre el cuerpo de Fabiana.

En su cielo todo ahora era rojo y ahí estaba. Por fin podía verlos de frente. Los culpables de que sus padres murieran en aquel accidente. Ellos, en cambio, lo miraban extrañados. Llevaban tanto tiempo en aquel limbo infernal, que no entendían qué hacía entre ellos aquel ángel. ¿Es que al fin venían por ellos? o es que ¿era al que debían arrastrar hasta su infierno para volverlos más poderosos y así conquistar más almas perdidas y desesperadas?

Max no pudo evitar temblar al verlos. Sabía que aquel día llegaría. Se había estado preparando para ello toda su vida pero ahora no podía entender por qué sentía tanto frío... y miedo.

Gualberto palideció, miró los tacones rojos y poseído por un impulso irreconocible corrió a colocarlos sobre los pies de su mujer. Los acarició con ternura, cerró los ojos y de pronto todo fue silencio.

Max miró hacia su cielo. Sabía que el embrujo había sido intervenido, ahora quedaba lo más peligroso. Serían ellos o él.

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 11



La lluvia había comenzado a hacer estragos en sus sentidos. Max se sentía cansado. La veía luchar con fiereza. La quería alcanzar, pero sentía que sus fuerzas le abandonaban con cada paso que daba.

El cielo se volvía a iluminar de repente y un rayo se precipitó muy cerca de donde se libraba la batalla.

A Fabiana también le estaban abandonando las fuerzas. El recuerdo de la voz de sus esposo y el llanto de su pequeño hijo la mantenían aún de pie frente a aquella oscura figura que una y otra vez la golpeaba y azotaba su frágil espíritu con los recuerdos de su infancia y juventud.

Aquella mañana de invierno sus ropas habían desaparecido de su vestidor, luego de ducharse después de las clases de gimnasia. Salió de las duchas envuelta solo con una pequeña toalla y esperó. Tenía sólo 14 años, sus padres se la pasaban viajando. Nunca estaban en casa, por lo que sabía que debía esperar a que su "nana" la fuera a buscar. No era la primera vez que sus compañeras le hacían una broma como aquella.

Mara sabía que si Fabiana se tardaba en llegar, algo le había sucedido y debía llevarle, entre otras cosas, una muda de ropa para cambiarse.

Cuando Mara llegó, la esperó pacientemente fuera de los vestidores mientras ella se vestía, sólo que en esta ocasión además de haberle quitado las ropas se las habían ingeniado para tomarle fotografías a su pequeño pero desarrollado cuerpo desnudo, las que luego hicieron correr por todo el colegio.

Jamás olvidaría la risa burlona de Amparito cuando la apuntó con el dedo en frente de Gualberto aquella tarde en que él le daba su primer beso.

- ¿Pero es que no reconoces a una zorra cuando la ves? ¿No sabes lo que dicen de ella? Mira... mira a tu zorrita. ¡No puedes intentar creer que esa es mejor que yo!... ¿Y tu?... creías que él podría fijarte en una poquita cosa como tú. Por favor ¡mírate!

- ¡Ya cállate. Vámonos!

Gualberto miraba aquellas fotos con angustia y con dolor. Se levantó del banco de aquella plaza sin siquiera preguntarle nada... y se había ido junto a ella dejándola vacía y sola, con el sabor de sus labios aun quemando en su boca y en su lengua. Con la piel ardiente y las huellas de sus manos tatuadas a fuego sobre su piel para siempre.

Esa fue la última vez que lo había visto. Luego tendrían que haber pasado 3 años sin atreverse a cruzarse nuevamente por su camino, durante los cuales continuó siendo la burla de sus compañeras pero además debía enfrentar el hecho de saber que ella y él se habían comprometido para casarse una vez que Gualberto egresara de la universidad.

Fabiana volvía a sentir aquella angustia y soledad. Miró a su alrededor y no lo vio.

- Ríndete. Ya no puedes luchar más. Estás sola. Tu vida es mía. ¡Él es mio!
- ¡Nunca! - gritó Fabiana con un hilo de voz mientras veía como su cuerpo comenzaba a vestirse con otras almas.

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 10

 ¡Vete, vete de aquí! Ya no te temo. No volverás a dañarnos. ¡Vete... Vete!
Fabiana estaba descontrolada. Se mecía hacia adelante y hacia atrás abrazando a Ivo mientras susurraba incoherencias.
-No me los volverás a quitar. Esta vez no podrás arrebatármelos. Es mi familia. Son mi vida. ¡No los abandonaré!
Sus pupilas estaban dilatadas y su mirada parecía perdida en algún punto fuera de la camioneta.
De pronto,  su cuerpo se alejó de golpe del pequeño Ivo. Fue cuando Gualberto aprovechó para soltarlo de su sillita y llevarlo consigo hacia el asiento delantero protegiéndolo entre sus brazos.Su corazón corría de prisa. Su razón no quería dar crédito a lo que estaba viendo y escuchando. 
- Tu no has ganado nada ¡estúpida! Sigo siendo yo la dueña de tu vida. La perdiste el día que decidiste ser débil. Ahora ya es demasiado tarde. Estás en mis terrenos. Sólo una de nosotras saldrá de aquí. Y no serás tu....
-Ya basta!.Fabiana. Por favor.
Gualberto oía diferentes voces salir de la garganta de su mujer. Una era suave y parecía ser la que él tanto amaba, pero la otra era como si una víbora sisara las palabras que salían de su boca.
Hacía rato que intentaba que lo oyera. Le gritaba que él estaba ahí, que volviera en si, pero ella no le oía. Su alma ya no estaba. Había comenzado a diluirse junto a la lluvia y el viento que azotaban el espacio que los envolvía.
- ¡Hey!, espérame - gritó Cecilia al ver pasar corriendo como un rayo a Max junto a su lado rumbo a la camioneta.
Él la había visto. Mientras observaba la espalda de Cecilia pudo darse cuenta de que aquella extraña luz luchaba por volver a su cuerpo mientras que una oscura y densa masa se lo impedía. No lo dudó y corrió en su ayuda. Había llegado el momento. Ya no debería importarle asustarla a ella con el despliegue de sus fabulosas alas. Estaba ahí para protegerles y no para enamorarse. De ella ni de nadie. Sería mejor así. Rápido. Pronto. De esa forma todo acabaría y él podría regresar con sus padres y olvidarse de todo... de ella... de amar.
Max abrió la puerta del conductor y sacó de ahí a Gualberto e Ivo tomándolos entre sus brazos para luego elevarse con ellos y llevarlos hacia un lugar lejano. Cecilia se quedó mirándolo con los ojos y la boca muy abiertos. Por algunos momentos creyó sentir que su corazón dejaba de latir y que lluvia que caía fuerte sobre su cuerpo ya no la rosaba, ni siquiera la mojaba.
Pocos minutos después era ella a la que Maximiliano tomaba entre sus brazos y elevaba desde el suelo para llevarla junto a su padre y hermano.
Luego de dejarla junto a su padre, no se quiso detener a pensar en lo rápido que latía su corazón después de haberla tenido tan pegada a su cuerpo. Elevó nuevamente su imponente cuerpo y voló hacia donde estaba Fabiana luchando por recuperar su cuerpo y su vida.
- Fabiana... debo ir por ella. Por favor. Déjame ir por ella. No la puedo dejar ahora que la he vuelto a recuperar. 
Gualberto parecía estar en estado de shock. Comenzó a correr luego de dejar a Ivo con Cecilia.
- Cuida de tu hermano ¿si?. No olvides que te amamos pequeña.
- Papá....
- Shhh. Debo ir por tu madre. No entiendo nada de lo que está ocurriendo hija. Pero se que ella nos ama y que ahora debo estar junto a ella. Me necesita.
Cecilia corrió a refugiarse bajo el árbol en que Max los había dejado. Miró a su hermano, quien dormía apaciblemente, lejano a todo lo que estaba sucediendo. Decidió acurrucarse junto a él y no pensar. Cerró los ojos y se estremeció al recordar los brazos de aquel muchacho con alas que tan fuerte y calidamente la habían sostenido y apegado a su cuerpo hacía tan sólo unos instantes.  Lloró por sus padres. Tuvo miedo. ¿Y si no volvían? Se quedaría definitivamente sola.

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