martes, agosto 26, 2014

TACONES DE OTOÑO / CAPÍTULO 15


- ¡Pero qué..! 

Eso no era lo que le habían dicho. ¿Dónde estaba?, ¿entre que gentes? Todo era oscuridad y abismo.
¿Dónde estaban sus padres? Le habían mentido y ahora... todo estaba perdido.

Su alma permanecía quieta, abandonada. Él mismo ya no quería seguir luchando. Lo había entregado todo, todo por liberarse de aquella condena que le perseguía desde su nacimiento. Ni siquiera aquella dulce voz que creía oír a lo lejos lo podría ahora levantar de aquel sopor. 

Su cuerpo estaba casi totalmente despoblado de carne pero no dolía, lo que ardía y lo mantenía casi sin poder controlar las lágrimas azules brotando desde sus trémulas mejillas, era la insoportable necesidad de creer que aquella voz que continuaba oyendo ya no volvería a estremecer todos sus sentidos nunca más. Jamás oyó decir su nombre salir de aquella boca. No volvería a tocarla ni a sentirla tan cerca de su cuerpo como hacía solo unos momentos atrás, cuando supo que había llegado su fin.

- ¡Max! ¡no vayas, no me dejes! ¡Vuelve por favor! ¡Te necesito!

Cada grito era una súplica que salía desde lo más profundo de su alma. Cecilia lloraba sin poder contenerse mientras Tomas la cubría con su cuerpo y con sus alas para que los demonios no la alcanzaran.

Gualberto no se pudo contener. Ni los gritos de Fabiana lograron dejarlo quieto. Él debía correr a salvar a su pequeña de esas horrorosas sombras que amenazaban con destruirla y que pululaban sobre su pequeño cuerpo sin piedad.

Las violentas ráfagas de viento no le permitían acercarse hasta ellos tan rápido como hubiera querido. A lo lejos escuchaba los gritos de Fabiana pero él sólo pensaba en que debía tenerlos a todos a salvo, no podía dejar que su hija ahora corriera los mismo peligros que su madre. 

De pronto se detuvo y miró hacia atrás. ¿Y si volvían por ella, por su esposa, aprovechando que él ya no estaba a su lado para detenerlos?

Su corazón no tenía respuestas. Miraba hacia ambos lados hasta que de pronto Cecilia ya no estuvo a su alcance. Había desaparecido junto con el extraño hombre que los había detenido.

El abismo se había transformado en un océano de aguas cálidas cuando la voz de ella volvía a desconcertarlo.

- ¿Será que.... podría ser....?
- ¡Max ayúdame por favor!
- ¿Cecilia?
- Hijo. Levántate. Ven por ella. Yo ya no puedo más

Era la voz de Tomás transformada en un susurro

Max, tragó saliba. ¿Sería que aún podría lograrlo? Ella lo necesitaba, su tío también. 

Tal vez si daba una brazada sobre esas aguas.... y luego otra. Ahora sólo debía probar a respirar por sus propios medios... abrir los ojos, abrir su mente... volver.

Sacó la cabeza del agua y ahí estaban ellos, sus padres. Una tenue luz los iluminaba mientras en su cabeza oía sus voces lejanas que le decían que volviera.

- Mamá 

Se detuvo y respiró profundo pero atragantado. Ella lo miraba con dulzura

- Escoge hijo. Nada está perdido aún.

Su padre le sonreía 

- Te amamos... Ve

Max giró su cuerpo y comenzó a nadar desesperado mientras sentía que tras de él una ola gigante lo atraparía en cualquier momento. Sombras espectrales acompañaban su huida; ni aun así se detuvo, la voz, su voz lo guiaba.

Tomas enfrentaba a los que lo habían arrojado hasta aquel infierno. Él los esperaba tranquilo. Sabía que le pisaban los talones desde que salió de su hogar.

Cecilia permanecía aferrada al cuerpo de aquel hombre confiando en que pronto llegarían a sacarla de esa horrible pesadilla.

Max logró llegar a la orilla desde donde podía divisar a su tío pero no veía a Cecilia por ningún lado. Corrió desesperado pero sintiendo una nueva fuerza dentro de él. Los demonios que lo perseguían habían quedado hacía rato muy atras aunque sabía que no dejarían que huyera.

- ¡Tío!
- ¡Max... al fin!

Mientras se iba acercando hasta ellos ambos luchaban contra las sombras que los atacaban sin cesar, desesperados, queriendo llegar hasta el cuerpo de Cecilia, quien estaba sentada sobre sus rodillas con la cabeza escondida entre sus brazos.

Pronto los alcanzaron quienes venían desde el averno del que había logrado escapar Max y la batalla se hacía muy difícil de continuar sin que perdieran definitivamente algo más que su alma.

De pronto, otro cuerpo se hizo visible el que los hizo distraerse por unos momentos.

- ¡NO! - gritó Tomás - ¡Emilia, NO!

Gritaba Tomás mientras corría tras ella al verla acercarse peligrosamente hacia la cueva donde estaban todas las almas perdidas.

Max se elevó muy alto y al bajar a una velocidad impresionante tomó el cuerpo hecho un ovillo de Cecilia y la llevó muy lejos de toda esa terrible pesadilla.

Mientras buscaba el portal por donde podría volver al mundo de los vivos, escuchaba los gritos de sus tíos. Los que toda su vida lo habían cobijado y le dieron tanto amor y cariño. No pudo evitar derramar más de sus mágicas lágrimas azules las que cayeron en forma de ceniza sobre la cabeza de Cecilia.

Ella, finalmente, se atrevió a alzar la mirada y lo vio. Su piel destrozada, sus bellos ojos colmados de un líquido ¿azul? y ella protegida entre sus fuertes brazos. Se aferró a su cuello y con el corazón desbocado,  deseó nunca volver a salir de ahí.

A pesar de haber salvado con vida de todo aquello, Max sabía que algo muy dentro de él había muerto junto a ellos.

Ya nada sería lo mismo a partir de ahora.


FIN PRIMERA PARTE....


© Sam Mezylv (26082014)

lunes, agosto 25, 2014

TACONES DE OTOÑO / CAPÍTULO 14



- ¡Max! - volvió a escuchar casi en un murmullo y de pronto ya todo era oscuridad y vacío.

Su cuerpo, otrora imponente, era arrastrado hacia el fondo de un abismo lúgubre en donde otros demonios y almas perdidas aguardaban saciar su sed de sangre pura con la irracional esperanza de volver a la vida. Así al menos les habían hecho creer ellos, cuando vendieron su alma por un poco de poder.

Tomas ya no tenía mucho tiempo, intuía que su sobrino tenía poco tiempo. Corría desesperado por entre las tumbas. Su vehículo había quedado atascado en el fango y no pudo sacarlo de ahí, por lo que no se demoró mucho en pensar hacer lo que restaba de camino a pie.

Gualberto apretaba sus puños con fuerza sobre el volante de su camioneta. Su corazón palpitaba a mil y en su cabeza no dejaban de transitar las imágenes que hacía tan solo unos momentos habían dejado a su mujer casi sin vida y que a él lo estaban volviendo loco. 

Fabiana intentaba comprender lo sucedido. No tenía las fuerzas necesarias para sostener a su pequeño en brazos pero desde donde se encontraba le hablaba bajito para intentar hacerlo reaccionar. Lo hacía en un tono de voz muy bajito y en una lengua que cuando Gualberto y Cecilia la pudieron escuchar, supieron que no era la propia.

De pronto, un cuerpo se cruzó en el camino con los brazos abiertos.

- ¡Por favor Vamos de vuelta! ¡Max nos necesita! - suplicaba Tomas subiendo en la parte de atrás con los ojos colmados de dolor y angustia.
- Pero... pero... ¡Quien es usted!. Bájese de inmediato. Mi hijo no está bien. Lo llevamos a la clínica. ¡Se nos muere! - exclamó Gualberto horrorizado ya a punto de colapsar.

Entonces Fabiana lo supo. Miró a su esposo con amor y puso una mano sobre la suya.

- Ivo estará bien. Debemos volver por el muchacho. Por favor. Confía en mi

En ese momento Cecilia no dejaba de quitar la vista de Tomas y de lo que hacía con su hermano. Sus manos brillaban de una forma antinatural mientras cubrían la cabeza del pequeño.

- Pa..pá.... ¡Papá!

Gualberto desvió la mirada hacia atrás y lo vio. Su pequeño volvía a reaccionar. Sus manitas jugueteaban con los dedos de su hermana y ¿sonreía?

- Por favor, se los suplico. Ya no tenemos tiempo. ¡Ya vienen!

Fabiana se sintió de repente con más fuerzas. Se acomodó sobre el asiento mientras no dejaba de tomar las manos de Gualberto entre las suyas.

- Mi vida por favor. Debemos volver.

Él volvió a mirar por el espejo retrovisor observando el rostro de sus hijos y luego se volvió al de su mujer. No entendía nada y no estaba seguro de querer saber nada.

- ¡RÁPIDO!... ¡YA ESTÁN MUY CERCA!
- Mierda - exclamó, poniendo marcha atrás y acomodando el vehículo para llevarlo de vuelta hacia aquella tumba.

Mientras se iban acercando, el corazón de Cecilia retumbaba en sus oídos y en todo su cuerpo. Una sensación de pánico y de profundo dolor se había instalado en el centro de su pecho.

La angustia que le había provocado la repentina fiebre de su hermano le había hecho olvidar al muchacho que la había tomado entre sus brazos y la había llevado volando hasta los pies de aquel frondoso árbol.

- Max, susurró con los ojos entrecerrados y a punto de desbordarse.
- Tu me ayudarás pequeña. Él oirá tu voz 

Tomas le tomaba las manos y la miraba con dulzura. Cecilia saltó sobre su asiento al sentir el contacto de aquellas manos frías pero no tuvo miedo.

De pronto el cielo volvía a encapotarse nuevamente. Las nubes parecían algo siniestro y el frío y el viento estremecían fuertemente las copas de los árboles.

Gualberto estacionó dando un fuerte frenazo y Tomas salió corriendo hacia fuera de la camioneta llevando consigo a Cecilia.

Al ver a su hija fuera de su alcance, Gualberto quiso ir por ella pero Fabiana lo retuvo.

-Déjala. Ella sabe. Ella lo logrará - le dijo con un tono de voz más audible - Quédate conmigo, por favor, no me sueltes.

Él la miraba atónito. Su cabeza giró hacia atrás, donde Ivo no dejaba de moverse relajado en su sillita. Luego volteó la mirada hacia afuera y su corazón se detuvo.

© Sam Mezylv

viernes, agosto 08, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 13




Cecilia se abrazaba contra el cuerpo inerte del pequeño Ivo. Algo andaba mal. El niño no respondía a sus caricias, a sus llamados, a sus besos en la frente y en las mejillas. Su cuerpo ardía.

- Ivo... chiquito... despierta... vamos... qué pasa?

Pero el niño no reaccionaba. 

Al ver que la lluvia y el viento habían cesado, decidió levantarse de su refugio bajo aquel frondoso pino y correr de vuelta hacia la camioneta. Debía encontrar a sus padres pronto. Su corazón latía con fuerza.

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Tomas había logrado salir de casa sin preocupar a su mujer. La dejó dormida. Besó su frente y se despidió. Ella no abrió los ojos hasta sentir que había salido de la habitación. Las lágrimas brotaban silenciosas por su rostro pálido. Mordió sus labios y ya pronto no aguantó más el dolor en el centro de su alma. Hundió la cara en la almohada y ahogó un grito que sabía no le ayudaría a hacer que su amor regresara. Max lo necesitaba y era un tema que ya habían conversado millones de veces. Emilia sabía lo que ahora debía hacer. Secó sus lágrimas e hizo algunas llamadas.

- Es ahora... Si.. Están solos. 

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El cielo a sus espaldas ya pasaba de rojo a un color violáceo muy profundo. Max sabía que era su propio miedo el que lo hacía ver aquella realidad con esos colores. Respiró profundo. Cerró los puños con fuerza, dejando libre el alma de Fabiana; la que había comenzado a tomar peso y volumen nuevamente y luchaba por volver a ser parte de su vehículo que la ayudaba a transitar por la misma dimensión que su amado Gualberto.

Los demonios corrieron hasta ella cuando vieron que comenzaba a recuperarse. Él no era su principal objetivo. Tenían órdenes claras de entidades muy poderosas, que eran capaces de habitar ambas dimensiones, de no dejarla volver escapar o ellos terminarían en el lugar más infame de todos los infiernos conocidos, el Tártaro.

Max se puso delante de ellos no permitiéndoles el paso y así pudieran volver a alcanzar el alma herida de Fabiana.
Se cruzó de brazos frente a ellos, bajó la mirada para luego levantarla con seguridad y valor, los traspasó con sus pupilas verde musgo mientras que el cielo se tornaba de colores anaranjados.

En ese pequeño infierno Max no podía hacer mucho. Sus poderes eran muy limitados. Sobre todo estando en las cercanías de un cementerio.

Las fuerzas oscuras que ahí habitaban, muchas veces no ayudaban a la causa de los ángeles custodios y mucho menos a los custodiados.

Los demonios le habían dado alcance. Su hedor se le había impregnado en sus narices y creía sentirlo por todo su cuerpo. Se sentía asqueado y mareado.

Uno de ellos, quien solía apoderarse del cuerpo de Fabiana, se acercaba de manera tan rápida y fugaz hacia él que apenas se daba cuenta cuando éste lo tenía agarrado de la cabeza, mordiéndole con violencia para luego lamerle las heridas y marcas que le dejaba en su blanca piel. Max se defendía dando golpes en el aire. Ese era su territorio y lo conocían muy bien. Max sabía que no podría aguantar mucho más.

Aquellas almas perdidas estaban de muy mal humor. Ya habían notado que el alma que necesitaban robar la habían vuelto a perder y era por causa de aquel ángel entrometido. Sus pequeños ojos estaban rojos de rabia y desde sus bocas caía la sangre que habían logrado sacarle a su víctima.

- Si no la podemos tener a ella, te tendremos a ti para jugar un rato.

Susurró uno de ellos mientras lo tenía bajo su cuerpo rozando con sus colmillos las partes de su cuerpo que aun le quedaban algo de piel sana.

Max, había dejado de luchar hacía un rato. Decidió pensar en sus padres. El trato era que pronto los volvería a ver. Ya no le importaba lo que sucediera con su cuerpo, ni el dolor que pudiera estar sintiendo. Ellos estarían bien. Cecilia estaría bien. Ya ahí nadie lo necesitaba.
Cerró los ojos y tragó saliba.

- ¡Max!

Creyó escuchar su nombre a lo lejos. Quiso abrir los ojos que ya le pesaban demasiado por lo hinchados que los tenía y no pudo. Decidió volver a cerrarlos.

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Cecilia encontró a sus padres abrazados cerca de la camioneta. Corrió hacia ellos con el pequeño entre sus brazos.

- Mamá! Papá! Ivo no está bien. Tiene mucha fiebre!. No despierta!... Tengo miedo!

Gualberto por fin reaccionó al ver a su hija correr desesperada hacia ellos. Recordó haberla dejado bajo aquel árbol junto al bebé y tembló.
Fabiana en ese mismo momento parecía volver a sus sentidos.

- Papá, por favor llevémoslo al médico. No reacciona
- Dios mío! Tiene muchísima fiebre!
- Mis niños? Cecilia? Ivo?... Qué... Qué
- Calma mi vida. Debes estar agotada. Vamos.

Gualberto no la quiso angustiar. Trató de mantener la calma a pesar de que tuvo mucho miedo por la casi nula reacción del niño a los estímulos que le daba para que recobrara la conciencia.

- Vamos! suban a la camioneta. Cecilia, quítale un poco de ropa y luego lo recuestas en el asiento, no lo cubras. Fabiana, mi vida. Ven, apóyate en mí.


sábado, agosto 02, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 12



Max, lo supo de inmediato. Fabiana estaba perdiendo definitivamente su alma. Debía correr, apresurarse. Ya no quedaba tiempo.

Gualberto ya se encontraba muy cerca de ella. Su cuerpo estaba tumbado a un costado de la camioneta. Sus pies comenzaban a ponerse azules como sus bellos labios. 

-¡Fabiana!

La tomó entre sus brazos y la presionó contra su pecho.

- Aquí estoy mi vida. No te dejaré de nuevo. Por favor vuelve.

Susurró contra su cuello mientras unas frías lágrimas se derramaban por sus mejillas hasta llegar a su boca. Cerró los ojos y recordó el dolor que sentía cada vez que la sabía tan cerca de él y no podía mirarla ni hablarle. Él sólo deseaba tenerla nuevamente entre sus brazos, escuchar su dulce voz y besar esos labios que lo enloquecían. Pero su indiferencia era para protegerla. Él sabía que si volvía a acercarsele, Amparito y sus amigas no dejarían de hacerle daño y él no podría estar a su lado para defenderla.

La veía tan indefensa, tan pequeña y adorable que sufría con solo imaginar que la dañaban con esas burlas tan hirientes.

Amparito se había encargado de hacerle creer que nada había tenido que ver con la pequeña broma que le habían hecho y que ella se encargaría de protegerla si él se lo pedía, pero no debía dejarla, porque de hacerlo no se haría responsable de lo que pudiera sucederle a Fabiana.

Gualberto no pudo con eso y debió ceder. Sus padres y la familia de Amparito tampoco se lo hicieron más fácil. Ellos siempre insistiendo que debían unirse para que sus familias sean aun más poderosas.

Su cabeza y su corazón eran un torbellino de ideas y sentimientos que no lograba separar entre rabia, odio, deseo, decepción y amor.

Este último fue el que lo rescató de todo aquel infierno cuando otra foto de Fabiana llegó hasta sus manos. Una que Amparito había hecho llegar hasta sus manos para hacerle ver que ella tenía otro hombre con quien ya lo había olvidado.

Amparito se daba cuenta que él no la deseaba, que no la buscaba, ni siquiera la llamaba. Ella estaba loca por él y el día del matrimonio se acercaba.
Pensó que con el tiempo a su favor aquella juvenil atracción habría quedado en el pasado. Además, con el amor propio de Fabiana por el suelo, no sería difícil conseguir toda la atención y el amor de Gualberto.

Pero aquellas fotografías no hicieron más que volver a encender una llama que jamás se apagó. La rabia y los celos lo llevaron hasta la puerta de su casa y la encaró sin previo aviso.

- Quien es él... ¿así que tan pronto te olvidaste de mi?... Por qué... ¿quien te crees que eres? Yo... yo 

Gualberto la miraba embobado. Hacía tanto tiempo que no lograba poder acercarse a ella que no se había dado cuenta que ahora la tenía tomada de los brazos y a muy pocos centímetros de su boca, pidiéndole explicaciones por algo que sabía ni siquiera tenía derecho a hacer.

- Yo ... te amo

El roce de sus labios la habían vuelto a sacudir como aquella primera vez. Sus manos alrededor de su cintura, su cuerpo tan pegado al de ella que podía sentir traspasar el calor de su piel y adherirse al suyo, el mismo calor que ahora comenzaban a devolverle el alma al cuerpo, su alma.

- ¡Los zapatos! - gritó Max - sus pies continúan azules.
- Fabiana por favor vuelve a mi. ¡Te necesito!
- ¡Ayúdame! No debemos perder mas tiempo
- ¡Vete!, no se quien eres. Fabiana me necesita ahora. No la dejaré de nuevo.

Max se acercó hacia ellos ensombreciendo aun mas el lugar en donde se encontraban tirados. Su cuerpo y sus alas cubrían cualquier halo de luz que pudiera existir en aquel lugar.

- Cecilia e Ivo también los necesitan. A lo dos. ¡Levántate! ¡Ahora!

Gualberto lo hizo casi como si fuera una orden imposible de no acatar. 

- ¿Dónde están los zapatos rojos que le entregué?
- No se de qué zapatos me hablas. Cómo me voy a preocupar ahora de eso. Dime, mírala, ¡la estoy perdiendo!

Max no le hizo caso y lo empujó hasta la camioneta

- Ayúdame a buscarlos... ¡rápido!

Gualberto comenzó a buscar en la parte de atrás del vehículo, mientras Max tomaba los pies de Fabiana con una de sus manos mientras con la otra cubría la superficie central de su cabeza. Cerró los ojos y respíró profundo. Inesperadamente la lluvia comenzó a cesar.

- ¡Aquí están!. ¿Estos son?

Max abrió los ojos que ya no eran verdes si no grises. Su mirada parecía confundida. No dijo nada. Sus manos comenzaron a temblar, como si estuviera luchando contra un gran imán que le impidiera mantenerlas sobre el cuerpo de Fabiana.

En su cielo todo ahora era rojo y ahí estaba. Por fin podía verlos de frente. Los culpables de que sus padres murieran en aquel accidente. Ellos, en cambio, lo miraban extrañados. Llevaban tanto tiempo en aquel limbo infernal, que no entendían qué hacía entre ellos aquel ángel. ¿Es que al fin venían por ellos? o es que ¿era al que debían arrastrar hasta su infierno para volverlos más poderosos y así conquistar más almas perdidas y desesperadas?

Max no pudo evitar temblar al verlos. Sabía que aquel día llegaría. Se había estado preparando para ello toda su vida pero ahora no podía entender por qué sentía tanto frío... y miedo.

Gualberto palideció, miró los tacones rojos y poseído por un impulso irreconocible corrió a colocarlos sobre los pies de su mujer. Los acarició con ternura, cerró los ojos y de pronto todo fue silencio.

Max miró hacia su cielo. Sabía que el embrujo había sido intervenido, ahora quedaba lo más peligroso. Serían ellos o él.

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 11



La lluvia había comenzado a hacer estragos en sus sentidos. Max se sentía cansado. La veía luchar con fiereza. La quería alcanzar, pero sentía que sus fuerzas le abandonaban con cada paso que daba.

El cielo se volvía a iluminar de repente y un rayo se precipitó muy cerca de donde se libraba la batalla.

A Fabiana también le estaban abandonando las fuerzas. El recuerdo de la voz de sus esposo y el llanto de su pequeño hijo la mantenían aún de pie frente a aquella oscura figura que una y otra vez la golpeaba y azotaba su frágil espíritu con los recuerdos de su infancia y juventud.

Aquella mañana de invierno sus ropas habían desaparecido de su vestidor, luego de ducharse después de las clases de gimnasia. Salió de las duchas envuelta solo con una pequeña toalla y esperó. Tenía sólo 14 años, sus padres se la pasaban viajando. Nunca estaban en casa, por lo que sabía que debía esperar a que su "nana" la fuera a buscar. No era la primera vez que sus compañeras le hacían una broma como aquella.

Mara sabía que si Fabiana se tardaba en llegar, algo le había sucedido y debía llevarle, entre otras cosas, una muda de ropa para cambiarse.

Cuando Mara llegó, la esperó pacientemente fuera de los vestidores mientras ella se vestía, sólo que en esta ocasión además de haberle quitado las ropas se las habían ingeniado para tomarle fotografías a su pequeño pero desarrollado cuerpo desnudo, las que luego hicieron correr por todo el colegio.

Jamás olvidaría la risa burlona de Amparito cuando la apuntó con el dedo en frente de Gualberto aquella tarde en que él le daba su primer beso.

- ¿Pero es que no reconoces a una zorra cuando la ves? ¿No sabes lo que dicen de ella? Mira... mira a tu zorrita. ¡No puedes intentar creer que esa es mejor que yo!... ¿Y tu?... creías que él podría fijarte en una poquita cosa como tú. Por favor ¡mírate!

- ¡Ya cállate. Vámonos!

Gualberto miraba aquellas fotos con angustia y con dolor. Se levantó del banco de aquella plaza sin siquiera preguntarle nada... y se había ido junto a ella dejándola vacía y sola, con el sabor de sus labios aun quemando en su boca y en su lengua. Con la piel ardiente y las huellas de sus manos tatuadas a fuego sobre su piel para siempre.

Esa fue la última vez que lo había visto. Luego tendrían que haber pasado 3 años sin atreverse a cruzarse nuevamente por su camino, durante los cuales continuó siendo la burla de sus compañeras pero además debía enfrentar el hecho de saber que ella y él se habían comprometido para casarse una vez que Gualberto egresara de la universidad.

Fabiana volvía a sentir aquella angustia y soledad. Miró a su alrededor y no lo vio.

- Ríndete. Ya no puedes luchar más. Estás sola. Tu vida es mía. ¡Él es mio!
- ¡Nunca! - gritó Fabiana con un hilo de voz mientras veía como su cuerpo comenzaba a vestirse con otras almas.

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 10

 ¡Vete, vete de aquí! Ya no te temo. No volverás a dañarnos. ¡Vete... Vete!
Fabiana estaba descontrolada. Se mecía hacia adelante y hacia atrás abrazando a Ivo mientras susurraba incoherencias.
-No me los volverás a quitar. Esta vez no podrás arrebatármelos. Es mi familia. Son mi vida. ¡No los abandonaré!
Sus pupilas estaban dilatadas y su mirada parecía perdida en algún punto fuera de la camioneta.
De pronto,  su cuerpo se alejó de golpe del pequeño Ivo. Fue cuando Gualberto aprovechó para soltarlo de su sillita y llevarlo consigo hacia el asiento delantero protegiéndolo entre sus brazos.Su corazón corría de prisa. Su razón no quería dar crédito a lo que estaba viendo y escuchando. 
- Tu no has ganado nada ¡estúpida! Sigo siendo yo la dueña de tu vida. La perdiste el día que decidiste ser débil. Ahora ya es demasiado tarde. Estás en mis terrenos. Sólo una de nosotras saldrá de aquí. Y no serás tu....
-Ya basta!.Fabiana. Por favor.
Gualberto oía diferentes voces salir de la garganta de su mujer. Una era suave y parecía ser la que él tanto amaba, pero la otra era como si una víbora sisara las palabras que salían de su boca.
Hacía rato que intentaba que lo oyera. Le gritaba que él estaba ahí, que volviera en si, pero ella no le oía. Su alma ya no estaba. Había comenzado a diluirse junto a la lluvia y el viento que azotaban el espacio que los envolvía.
- ¡Hey!, espérame - gritó Cecilia al ver pasar corriendo como un rayo a Max junto a su lado rumbo a la camioneta.
Él la había visto. Mientras observaba la espalda de Cecilia pudo darse cuenta de que aquella extraña luz luchaba por volver a su cuerpo mientras que una oscura y densa masa se lo impedía. No lo dudó y corrió en su ayuda. Había llegado el momento. Ya no debería importarle asustarla a ella con el despliegue de sus fabulosas alas. Estaba ahí para protegerles y no para enamorarse. De ella ni de nadie. Sería mejor así. Rápido. Pronto. De esa forma todo acabaría y él podría regresar con sus padres y olvidarse de todo... de ella... de amar.
Max abrió la puerta del conductor y sacó de ahí a Gualberto e Ivo tomándolos entre sus brazos para luego elevarse con ellos y llevarlos hacia un lugar lejano. Cecilia se quedó mirándolo con los ojos y la boca muy abiertos. Por algunos momentos creyó sentir que su corazón dejaba de latir y que lluvia que caía fuerte sobre su cuerpo ya no la rosaba, ni siquiera la mojaba.
Pocos minutos después era ella a la que Maximiliano tomaba entre sus brazos y elevaba desde el suelo para llevarla junto a su padre y hermano.
Luego de dejarla junto a su padre, no se quiso detener a pensar en lo rápido que latía su corazón después de haberla tenido tan pegada a su cuerpo. Elevó nuevamente su imponente cuerpo y voló hacia donde estaba Fabiana luchando por recuperar su cuerpo y su vida.
- Fabiana... debo ir por ella. Por favor. Déjame ir por ella. No la puedo dejar ahora que la he vuelto a recuperar. 
Gualberto parecía estar en estado de shock. Comenzó a correr luego de dejar a Ivo con Cecilia.
- Cuida de tu hermano ¿si?. No olvides que te amamos pequeña.
- Papá....
- Shhh. Debo ir por tu madre. No entiendo nada de lo que está ocurriendo hija. Pero se que ella nos ama y que ahora debo estar junto a ella. Me necesita.
Cecilia corrió a refugiarse bajo el árbol en que Max los había dejado. Miró a su hermano, quien dormía apaciblemente, lejano a todo lo que estaba sucediendo. Decidió acurrucarse junto a él y no pensar. Cerró los ojos y se estremeció al recordar los brazos de aquel muchacho con alas que tan fuerte y calidamente la habían sostenido y apegado a su cuerpo hacía tan sólo unos instantes.  Lloró por sus padres. Tuvo miedo. ¿Y si no volvían? Se quedaría definitivamente sola.

viernes, julio 25, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 9


Nunca supo cómo él había podido sobrevivir de aquel fatídico accidente.  Recordó que el vehículo en el que viajaban había quedado casi irreconocible. 

Sus ojos se abrieron lentamente una vez que habían pasado ya 8 días después de que sus padres habían muerto. 

Durante todo ese tiempo sus tíos no se alejaron ni un minuto de su lado. Querían ser ellos los que les dirían la terrible noticia.

Cuando Max decidió despertar los miró algo confundido.

- ¿Ustedes cuidarme ahora?

Ambos se miraron y le sonrieron. 

- Así es pequeño. Estarás junto a nosotros de ahora en adelante. ¿Te gusta la idea?
- Ellos... no volver.... ¿cierto? 
- No hijo. Ellos no volverán

Esa fue la primera vez que sus tíos vieron sus lágrimas azules correr por sus sonrosadas mejillas. Y, por cierto, también esas pequeñas alas que comenzaban a desplegarse tímidamente sobre su espalda.

- Tu no asustarte tía Emy.. por favor.

Max sintió el pánico de aquellos adultos en su mirada y en su cuerpo. Tembló. Ahora no lo querrían y lo dejarían sólo. Sintió frío.

- Ven acá bribonzuelo. Nosotros somos tu hogar ahora ok? y ya sabes que no debes hacer eso cuando hay gente que no conocemos a nuestro alrededor.

Su tío Tomas lo abrazó fuerte y le besó la cabeza. Él lo supo en ese instante. Era hijo de su hermana y nieto de su abuela. Era de los suyos. Venía en una misión y debía protegerlo con su vida si era necesario. Miró a su esposa y pensó que luego le explicaría.

Tom lo había evitado toda su vida. Era el principal motivo por el cual no había querido tener hijos. Sabía que en su caso serían un préstamo que, dado el momento, no estaría dispuesto a devolver sin luchar contra todas las fuerzas del universo si fuera necesario para evitar que se lo arrebataran.

No había servido de nada huir de aquel profundo temor, destino y responsabilidad. Aquel muchacho lo necesitaba y él no lo abandonaría.

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Max cerró los ojos. La lluvia caía sin piedad sobre su cuerpo. Sus largas y tupidas pestañas evitaban un poco que las gotas golpearan con fuerza su rostro. Estaba de cuclillas frente a la tumba de sus padres. Los recuerdos de aquella tarde lo golpeaban con fuerza.

El cementerio  estaba ubicado bastante alejado de la ciudad. Pocos visitantes se daban el tiempo de llegar hasta ahí. Sobre todo a esas alturas de la ya casi noche.

- ¿Será que en otra vida podré elegir... como todos? - murmuró, lanzando una piedrecilla hacia cualquier parte sonriendo triste.

Respiró profundo y creyó volver a sentir el olor a sus galletas favoritas. Descartó la idea de inmediato. Sabía que siempre cuando llovía todos sus sentidos se volvían más lentos.

Él cursaba un par de años menos que Cecilia ya que debido a sus constante rebeldías había sido expulsado de todas las escuelas que existían. Sus tíos estaba pagando un dineral para poder mantenerlo en la que ahora estaba y él se mantenía quieto sólo para no dejar de verla.

Desde que la observó sonriendo mientras leía un libro, su corazón se volvió como un loco. Sus manos comenzaron a sudar y su mirada no volvió a separarse de ella nunca más. 

La buscaba en los recreos, a la salida de clases, en la biblioteca. Su olfato era su mejor aliado para saber ubicarla enseguida. 

Ella era a quien debía proteger y de ella se había enamorado. Eso no estaba dentro de los planes de "ellos" como tampoco de él, pero ya nada podía hacer. La amaba sin siquiera haber cruzado una palabra. Sólo una breve mirada una vez, un roce de sus manos que casi hizo que sus alas reaccionaran por su propia voluntad y por lo cual tuvo que dejarla y salir corriendo para no asustarla. 

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La camioneta negra se acercó lentamente hasta el mausoleo de la familia Nior de Ainitak y como si de una película de terror se tratara, un fuerte fogonazo iluminó el cielo dejando ver la sombra de Max sentado al pie de la tumba. 

Ivo gritó y se deshizo en llanto por el miedo que el ruido y la luz le ocasionaron, mientras que Cecilia no podía dejar de observarlo. Se sentía atraída hacia él como por un imán. Sus pies no parecían obedecerla. Simplemente se acercaban sigilosos hasta él y su razón quería saber si de verdad era él. El chico que vivía dentro de sus sueños.

Fabiana intentaba tranquilizar al pequeño mientras que Gualberto estacionaba mejor la camioneta y llamaba a Cecilia para que volviera a subir.

- Esto ha sido una locura Fabiana. Debemos regresar. La tormenta se pondrá peor. Mira ese cielo. No recuerdo haberlo visto así desde hace muchísimo tiempo. 

Gualberto no la miraba. Hablaba intentando no perder de vista a Cecilia quien a ratos parecía perderse entre las sombras de la noche. De pronto, al ver que su mujer no le respondía y que Ivo ya no lloraba, los observó por el espejo retrovisor y tembló.

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- ¿Quíen eres? - preguntó Cecilia tragando saliba

Max se levantó de un brinco quitandose el agua que corría por su rostro. La miró y supo que sus sentidos no se habían equivocado. Era su olor el que había percibido hacía pocos instantes.

Cecilia se armó de un valor que no conocía en ella y se acercó un poco más. Debía verlo más de cerca. Debía comprobar si aquellos ojos eran los del chico que le quitaba el aire cada vez que sus miradas se encontraban.
Max movió un pie hacia atrás trastabillando y cayendo sobre la piedra fría y mojada. Cecilia corrió a ayudarlo.

-¿Estás bien?... disculpa... no quise asustarte.... me llamo... Cecilia

Estaba muy cerca, tanto que podía ver unas pequeñas pecas en su nariz y un pequeñísimo lunar que decoraba su labio superior.

Max estaba sentado sobre la losa, sujetaba su cuerpo con sus brazos, mientras Cecilia intentaba apoyarlo por la espalda para que no cayera. Las palabras se quedaban atoradas en su garganta. 

- ¡Es tan hermosa! - pensaba y se repetía sin poder dejar de mirar hacia sus ojos, su boca... ese lunar.

- Vamos.. te ayudo a pararte. Está resbaloso. Ven, pon tu brazo sobre mi hombro.

Max, hacía lo que ella le decía como en estado de shock. La estaba... ¿abrazando?

Él puso su brazo sobre los hombros de ella, mientras Cecilia lo abrazaba por la cintura. Apoyó uno de sus pies en la losa dándose impulso para levantarse. Cecilia lo observó admirada. Era tan alto. Se sentía una liliputiense a su lado.

- ¿Estás bien? ¿No te torciste?
- Es.... estoy bien

Al fin había podido articular palabra. Se sentía como un estúpido parado ahí frente a ella, actuando como idiota. Ella aun lo mantenía abrazado, como él a ella. Cuando se dieron cuenta, se deshicieron del abrazo desconcertados y esta vez un fuerte trueno retumbó en los cielos.

Cecilia pegó un pequeño grito y Max instintivamente la volvió a abrazar. Esta vez con más fuerza. 

- Hey. No pasa nada.
- Mi hermanito. Mi mamá. Deben estar preocupados... ya vuelvo.

Cecilia se escapó de su abrazó y corrió apresurada. Su cuerpo entero palpitaba. ¿Qué le estaba sucediendo? 

-¡ Espera!... Es peligroso. Está muy oscuro - le gritó Max dándole alcance.

viernes, julio 18, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 8


Max, apoyaba su cabeza en la ventana. Sus ojos grises, casi transparentes, parecían perdidos en algún punto que solo él conocía.

- ¿No bajarás a comer hijo?
- No tengo hambre tía. Debo estudiar. Luego bajo si?
- ¿Qué pasa? ¿Todo bien?
- Todo bien tía. Ya ve a comer tranquila que el tío se preocupará. 

Max se volvió sonriendole. Cuando él hacía eso parecía que todo a su alrededor se iluminaba. Isabel se sintió aliviada. 

Su sobrino siempre le había traído algúno que otro inconveniente. Desde que sus padres murieron, cuando él aun era un crío, ella y su esposo tuvieron que hacerse cargo. Eran ya mayores. Habían decidido no tener hijos por el significativo costo que aquello acarreaba y así habían vivido relativamente en paz, hasta que llegó este chiquillo de 5 años, de rebeldes cabellos color fuego e, increíblemente, casi con las mismas tonalidades de este.  Era todo un freaky, pero tan tierno y juguetón y con unos ojitos tan tristes que definitivamente lo amaron desde el primer momento y lo mimaron tanto que se lo permitían todo.

Un leve cosquilleo sintió sobre su espalda. Siempre le sucedía cuando se sentía como esa tarde. Cada vez que algo le molestaba, le irritaba sobre manera o le provocaba una profunda pena. 

Aquella mañana había sido esa chica de mirada dulce. Hacia mucho tiempo que no le sucedía. Pero ahora lo sentía en cada poro de su piel. Ahí estaba su llamado, le pedía ayuda a gritos y él no pudo dársela.

De pequeño eran unas pequeñas alas que nacían desde la parte baja de su espalda. Ahora eran grandes y majestuosas. El era un tipo muy alto y sus alas eran capaces de cubrirlo por completo. 

Sus tíos se dieron cuenta de esa particularidad casi de inmediato. Luego de la primera impresión fue el mismo niño quien tuvo que hacerles entender  lo que era, quien y por qué creía que estaba ahora ahí con ellos en vez de con sus padres.

Él ya no tenia dudas. Era ella. Esa niña y su familia los causantes de que ahora sus padres ya no estén con él. 

Las piezas del rompecabezas comenzaban a tomar forma. Debía actuar.

Luego que unas breves y gruesas lágrimas color azul brotaran de sus ojos, las alas se replegaron hasta desaparecer. Se sentó sobre la cama llevando consigo viejas fotografías de cuando era pequeño. 

Recordó aquella mañana en que su madre lo llevaba apurada al colegio. Llevaba puestos sus tacones rojos que a él tanto le encantaba escuchar como sonaban. Ella era una mujer muy hermosa. Tenia sus mismos ojos aunque el color de pelo lo había heredado de su padre.
Esa mañana algo raro había sucedido. Escuchaba sus tacones y susurros detrás de la puerta

- Debemos advertirle Mario, por favor. Marta la va a traicionar
- No nos creerá. Además aun están de viaje. Gualberto no contesta mis llamadas
- Esa mujer está loca. Tiene una fijación con Fabiana. ¡Si te contara todo lo que le hizo! ¡Y ahora esto!
- Cálmate por favor. Ellos pueden sospechar ya de nosotros. Recuerda que no pueden saber nada acerca de Max
- Si lo se.
- Mañana, Julia, mañana. Tengo listos los pasajes y nos encontraremos con ellos en donde estén. Es menos peligroso para todos estando lejos de aquí. Por ahora no haremos nada ¿de acuerdo?
- Tienes razón. Pienso en esa pobre criatura, Cecilia. Temo tanto por ella Mario. Si algo le sucede a ellos ¡qué será de esa pequeña niña! La bruja de su abuela... ¡y sus tíos! ... no me quiero imaginar.

Max recordó que al escuchar su nombre algo se removió dentro de él. Cerró lo ojos y sintió que "Cecilia" olía a sus galletas favoritas. Sonrió.

- Mamy... ¿quien es Cecilia? .... ¿La puedo conocer? ..... Me gusta

Mario y Julia se volvieron a mirarlo asustados

- ¿Qué haces aquí pequeño intruso eh? ¿Estas listo para el cole? Ya vamos que es tarde

Mario lo tomó en sus brazos para llevarlo fuera de la casa mientras Julia taconeaba hacia la salida tras de ellos con el corazón casi saliendosele por la boca.

Max levantó la mirada y volvió a su posición de antes. Su habitación era muy amplia. La luz se colaba por todas partes debido al gran ventanal que abarcaba gran parte del lugar. Afuera, el otoño hacía sus estragos. La lluvia y el frío recorrían las calles de la ciudad. Eso le hizo recordar que sería un nuevo aniversario de la muerte de sus padres.

Tomó las llaves de su camioneta y decidió salir hacia el cementerio.

- Vuelvo tarde. No me esperen
- Pero hijo no comiste nada
- Como algo por ahí no te preocupes tío, estoy bien

Una vez en la carretera, "Time" de Alan Parsons Proyect y la lluvia que caía sin piedad sobre el parabrisas lo hicieron volver a soltar aquellas lagrimas azules de las que rara vez se desprendía. "...Who knows when we shall meet again..."

**************************************

Fabiana estaba ordenando su guardarropas cuando los encontró. Tomó entre sus manos aquellos viejos tacones. Recordó que los llevaba puestos aquella noche en que pareció volver de su pesadilla. ¿De dónde habían salido?

Cerró los ojos y oscuras sombras aparecieron en su memoria. Una llamada internacional. Su amiga Julia, su marido y su pequeño hijo habían tenido un grave accidente en la carretera. Fabiana no escuchó más. Despertó cuando Gualberto le decía que tenía listos los pasajes para volver.

Fabiana miraba por la ventana y se estremeció al revivir aquellos tristes momentos. Los ojos de ese pequeño niño llenos de dolor aferrado a los zapatos que ahora ella tenía en sus manos.

Los observó enarcando una ceja. 

- ¿Tu eres Fabiana cierto? - le dijo ese pequeño de ojos grises. Ella sólo asintió con la cabeza
- Toma. Mi mamá me dice que debo dártelos a ti y que no te acerques a...

¿A quien? ... Fabiana no recordaba y eso la volvió loca.

- ¡Gualberto!, acompáñame por favor. Debo ir al cementerio. Ahí está la respuesta. Estos tacones.... Julia... ese niño... Por favor...
- Cálmate mi vida por favor. De qué hablas
- ¿Recuerdas a Julia.. Estos tacones....?

Fabiana se detuvo a mirarlo. No era tiempo de decirle nada aún. Él la vería como una loca y ella no lo soportaría. Debía tener pruebas. 

- Nada. Sólo llévame por favor. Es el aniversario de la muerte de Julia y Mario ¿recuerdas?
- Tienes razón... Pero ya es tarde. Pensé que querías descansar.
- No. Ahora no. Debo... Debemos ir. 
- Sí. Cecilia por favor acompáñanos. 
- Gualberto, siento que debemos ir. Por favor luego espero poder hacer que entiendas. Por ahora.... vuelve a confiar en mi... por favor

Él la miraba contrariado. Era ella, su Fabiana pero hasta hacía nada era otra mujer con la que había estado conviviendo, otra completamente diferente a la que ahora tenía entre sus brazos. ¿Qué había sucedido? No tenia claro si lo quería saber o no.

- Está bien. Vamos... Más tarde la tormenta se pondrá peor.
- Mamá, Ivo está durmiendo, ¿lo vamos a sacar así de todas formas?

 Cecilia lo observó con profundo amor, lo tomó entre sus brazos y lo  apretó contra su pecho. 
- Debemos ir todos Cecilia. Aún no puedo explicarte mis motivos, ni yo los tengo muy claros aun, pero siento que debemos ir ahora.... todos.

Gualberto ya tenia las llaves de la camioneta en sus manos e iba abriendo la puerta del apartamento.

- Si queremos volver pronto vamos, vamos. No se por qué hago esta locura Fabiana... de verdad que no lo se.

miércoles, julio 16, 2014

AVISO

Para los que siguen la historia Tacones de Otoño, les cuento que he hecho algunos cambios en la historia ya que estaba perdiendo un poco de coherencia.
Los capis están actualizados por si quieres darles una miradita.
Gracias por la visita y ya sabes.. Tus comentarios son el alimento de este modesto blog
;)

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 7

Amparito corría desesperada hacia el despacho de su abuelo. Debía esconder el album de fotos que la inculpaba directamente en algun otro sitio. Corría demasiado peligro ahí en su apartamento con Gualberto siempre dando vueltas entre sus cosas.
- Hijita. ¿Cómo has estado?
- Bien abuelo. Sólo pasaba a saludarte y pedirte si me puedes guardar esto ¿si?
- ¿De qué se trata?
- Nada valioso. Sólo unas fotos que me traen malos recuerdos y prefiero no volver a ver. ¿Me las guardas?
-  Y por qué simplemente las botas a la basura
- Es que.... No son mías. Me las pasaron para que las guardara pero nunca vinieron por ellas.
- Entiendo. Dámelas. Las dejaré en este cajón. Aquí nadie se mete. Cuando las necesites me las pides. ¿está bien?
-Gracias abuelo
- Y como va todo entre y tu y Gualberto. ¿Ya se ha decidido a dejar a esa loca que tiene como esposa?
- Si ustedes lo dejaran de acosar con tanto trabajo fuera de la ciudad o en el extranjero lo vería más seguido y ya lo tendría comiendo de mi mano abuelito
- Jajajaja... De eso ¡ni hablar!. Él solito se busca esos casos raros que nadie quiere tomar. Y lo peor ¡es que los gana todos! Como verás, el Estudio no permitirá que nos deje tan facilmente para que pase a comer de tus manos querida nieta.
- Eso lo veremos abuelito querido.... Gracias por el favor. Y apropósito, ¿él ya volvió de Viña?
- Mejor ni me lo recuerdes. Ese condenado no se presentó a esa reunión ni a ninguna otra que tenía agendada hoy. Tiene apagado su móvil y hasta hace poco nos llamó para decir que se tomará el día libre. Es una rata. Igual que su padre y su abuelo. Si no fuera por que es el mejor en su especialidad y nos genera buenos resultados, ya estaría él y toda su prole bajo los puentes viviendo de la caridad.
- Es extraño no crees. Nunca falta. Es super responsble. 
Amparito sintió un leve escalosfrios que recorrio su espalda de extremo a extremo. Su abuelo se encogió de hombros y la despidió apurado. Tenía mucho que hacer. 
No podía ser que él hubiese descubierto aquellas fotografías. Además, ya estaban tan viejas que sería casi imposible descifrar quien era esa niña que intentaba cubrir su desnudez con sus largas trenzas.
¿Por qué mantenía con ella aún esos antiguos recuerdos de viejas travesuras infantiles? ¿Sería porque aun la odiaba? ¿Porque siempre lo hizo? Y aun más, cuando tuvo la osadía de quitarle a su novio. Aquella mujercita insulza de la que tantas veces abusó hasta lograr quebrantar su voluntad y su amor propio. 
Ella no podia ser mejor que Amparito de Los Ríos y Lilitbeth.
Pero él tenía que fijarse en ella. ¿En qué momento sucedió? Nunca lo supo. No se dio cuenta cuando ese par ya se conocía, ni cuando ella comenzó a sentirse poderosa y osó desafiarla arrebatandoselo casi desde las puerta de la iglesia. Eso jamás se lo perdonaría..
*****************************
- Gualberto, dime por favor. Qué sucedió luego de que me reuní con Marta y tu madre. No recuerdo nada. No tengo tiempo. Debo saber. tal vez ahí esté la clave de todo
- Fabiana, cálmate.  ¿De qué hablas. Qué clave. Qué reunión?
- ¿Recuerdas. Luego que nació Ivo. Cuando ya pude salir y hacer mi vida normal? Tu madre me pidió que la fuera a ver con el niño. Quería conocerlo. Tu no podías acompañarme y Cecilia debia ir a la escuela. Por eso le pedí a Marta que me acompañara. Gualberto. Recuerdo que llegamos a su casa. Nos sentamos a tomar el te y luego sólo cosas muy borrosas. Ivo....
- Fabiana ven. Recuestate.  Parece que tendremos esa conversación en nuestra habitación
- ¿Cecilia? ¿Dónde está ella?
- Calmate. Ya conversé con ella.... un poco. No te preocupes. La noté extraña, no menos que tu ahora en todo caso
Gualberto le sonrió sin dejar de sentirte un tanto angustiado. Recordaba aquella ocasión como el comienzo de su desgracia.
Aquella tarde tuvo que ir por ella a casa de su madre puesto que esta le había llamado urgente que  fuera a buscar a su mujer por que se había comenzado a sentir mal.
Cuando llegó por ella la encontró recostada en una de las habitaciones de la mansión de su madre. Una construcción muy antigua. Fabiana parecía medio muerta. Estaba pálida y su pulso era demasiado débil. Llamó a la ambulancia y la llevó de inmediato a la clínica donde le diagnosticaron anemia severa.
Algo extraño porque Fabiana solía alimentarse bastante bien. Después de su último embarazo no había logrado bajar lo suficiente de peso pero eso ni a ella ni a él le importaban. Es mas, él parecía disfrutar mucho de sus nuevas curvas peligrosas.
Luego de salir de la clínica, Fabiana comenzó a sufrir cambios en su conducta. Radicales cambios. Fue cuando Gualberto decidió llevar a su familia de viaje dejando todos sus planes de lado.
Fabiana lo escuchaba sin poder parar de llorar. Había comenzado a recordar ciertos pequeños detalles pero otros muchos simplemente no estaban en su memoria. 
Si le decía a él sobre el lugar donde ella había estado durante todo ese tiempo... ¿le creería? 
- Shhh, tranquila mi cielo. Tal vez las cosas que viviste en tu infancia y adolescencia te han jugado en contra nuevamente. Tendremos que buscar ayuda. Yo estaré contigo. Como antes. ¿Eso si lo recuerdas cierto?
¡Cómo olvidar todo aquello! Gracias a él pudo lograr salir de la gran depresión que le provocó el acoso que sufrió durante su periodo estudiantil. El mismo del que estaba siendo víctima ahora su hija y del cual no sabía nada.
Gualberto estaba confundido. Definitivamente aquella mujer que ahora sollozaba en sus brazos volvía a ser la que tanto amaba. ¿Qué estaba sucediendo? No es que la extrañara pero, ¿dónde quedó la que hasta hacía poco tiempo atrás lo intentó golpear, lo ignoraba y  trataba duramente?
La segunda noche con luna llena del mes. Fabiana tuvo un miedo espelusnante. ¿Y si era una tregua? ¿Y si todo volvía a ser como hasta ayer y volvía a perderlo todo?. 
Miró a Gualberto a los ojos fijamente. Lo besó con ternura. 
- Llévame a ver a los niños por favor
La tomo de las manos y caminaron juntos hacia el pasillo. Cecilia jugaba con su hermano. De esa forma creía poder olvidar todo el mal rato que vivió temprano en la escuela. 
Cuando vio a sus padres observándola desde el dintel de la puerta se quedó de una pieza. Sonrió y corrió a abrazarlos. Fabiana la contuvo en su regazo mientras besaba su cabeza. Ivo pareció celoso y de un impulso caminó hasta el borde de su cuna estirando sus brazos, balbuceando palabras ininteligibles. Gualberto se acercó para tomarlo y acercarlo hasta ellos.
Fabiana los abrazó tan fuerte que parecía querer fundirse con ellos en una mezcla de dolor, miedo y un coraje que estaba naciendo desde alguna parte de su interior pero del cual ella no estaba siendo aun demasiado conciente.
Aquella noche no tendría miedo. Dormiría junto a su marido. Pegadita a él y sabiendo que sus tesoros más amados descansan cerquita de ella, sanos y felices. Se obligaría a sentirse en paz y luchar contra el miedo. Esta vez ganaría.
Afuera, el viento del otoño se dejaba sentir sobre los vidrios de la terraza. Se avecinaba una gran tormenta. La primera de la temporada. 
No habría luna, penso Fabiana, las nubes no dejarían verla. Miró a su alrededor y decidió que antes de anochecer eliminaría todos los espejos que estaban demas en aquel hogar. Su hogar

lunes, julio 14, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 6


Fabiana hundió su rostro sobre el pecho desnudo de él. Gualberto la miró y sonrió divertido. Besó su frente con ternura y la cubrió con la sábana.
 - ¿Qué pasa Cecilia? - dijo con voz profunda. Una que hacía tiempo creía no oír
- ¿Papá? - volvió a repetir la joven, aun sin poder creer lo que sus mirada intuía.
Estela había atajado a Javier en la sala. Éste alzó una ceja extrañado pero divertido a la vez. Ella sabía la tormenta que ahí dentro se había desatado y, a pesar de que adoraba a su patrón y no la quería nada a ella, no permitiría que su intimidad se viera dañada por ojos que en su vida había visto hasta esa tarde.
Cecilia debió advertirle que iría con visitas. Así, al menos ella habría estado preparada y algo se le habría ocurrido hacer para evitarle el bochorno pero no. La niñita estaba ahí, frente a la puerta de la habitación de sus padres con la boca abierta sin saber si entrar o salir huyendo.
 - Dime hija, qué pasa - volvió a decir Gualberto
- ¿No fuiste a la oficina?
- No... ehhhhhh La verdad... tu mamá.... se sentía un poco mal esta mañana. Tenía algo de fiebre y... decidí quedarme a ...
- ¿Papa?
Ella sabía que él no había pasado la noche en casa. Como otras tantas veces lo había hecho antes.
Fabiana comenzó a toser fuertemente bajo las sábanas.
- Ves. Ella no está bien. ¿Puedes salir un momento por favor hija? La voy a llevar al baño para que se refresque. Tiene un poco de fiebre aun. Le guiñó un ojo.
Cecilia sabía que ambos le mentían. No recordaba la última vez que los había visto así. ¿Divertidos?, ¿jugando?...¿e na mo ra dos?
Cerró la puerta lentamente, giró sus pasos hacia la sala. Al ver a Javier,  recordó que no andaba sola. Él continuaba ahí esperando por ella.
 - ¿Todo bien?
- ehhhh. Si... Todo bien
 Se llevó un dedo a la boca y miraba el piso aun aturdida.
 - ¿De verdad está todo bien? Si quieres me quedo otro rato contigo
- No de verdad. Gracias. Debes volver a clases. Muchas gracias nuevamente
Javier era un joven alto y bien parecido. El típico chico al que todas seguían por las redes sociales y del cual todas querían colgarse. El "farala" de la escuela y del barrio.
Cecilia no tenía vida en la red. No whatsup, no facebook, no twitter, no insta, no nada. Por eso le parecía algo extraño a él que ella no le sonriera o le coqueteara como lo hacían todas las demás. No podía creer que simplemente no lo conociera.
Si bien a ella la había visto por el colegio más de alguna vez, no había tenido la ocasión de apreciar sus ojos tan de cerca y el color de sus cabellos, y esa nariz, y...
- ¿Javier?
- ... Perdón... perdón ¿decías...?
El muchacho no podía dejar de mirar sus labios. De repente un leve calor se instaló en algunas partes de su anatomía sólo con mirarla y el único pensamiento que se cruzaba por su cabeza mientras ella le hablaba era alcanzar esa boca a como diera lugar.
Cecilia lo empujaba hasta la puerta para hacerlo salir pero él estaba como pegado al piso.
- Ok, ok, ya me voy. Pero....sólo si me das un beso con esa linda boquita que tienes.
Cecilia se lo quedó mirando sin poder creer lo que había oído. Era primera vez que lo veía en su vida y ya había hecho demasiado con haberlo dejado que la acompañara hasta su casa. Sólo se lo permitió porque la ayudó a escapar de Nadia y sus molestosas amigas. Pero ahora ¡¿que le estaba pidiendo qué!?
En sus casi 17 años de vida nunca había dado un beso y se había jurado que si eso sucedía alguna vez, definitivamente sería con alguien especial, y ese chico definitivamente no lo era. Al menos para ella.
- Cecilia ve a lavarte las manos. Vamos a almorzar
Escuchó de nuevo aquella voz potente que ella tanto amaba oír cuando era pequeña.
Javier no esperó a que ella le pidiera nuevamente que se fuera. Solito se escurrió por la puerta cerrándola suavemente tras de si.
Se volteó con las mejillas rosadas para ver a su padre que la observaba con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho.
- Hola papi - le dijo sonriendo inocentemente pero de inmediato recordó que él y su madre también le debían una explicación
- y.... ¿cómo sigue mamy?
Gualberto carraspeó ligeramente
 - Ella.... ella está mejor. Comerá con nosotros. Comeremos todos juntos.. ¿De acuerdo?
Cecilia asintió con la cabeza. Estaba por creer que la noche anterior había caído en un pozo y había corrido tras el conejo de Alicia y ahora estaba en algún mundo paralelo. ¿¡Qué había pasado con esos padres que se odiaban?! ¿Qué había pasado con la capa de invisibilidad de Harry Potter que la solía proteger de las miradas de los demás?
Nada de eso podía estar sucediéndole a ella.
*****************************************
Fabiana miraba una y otra vez su reflejo en el espejo. Gualberto la había dejado ahí hacía unos minutos luego de volver a besarla una y otra vez sin querer despegarse de su cuerpo. Acarició sus cabellos y sus mejillas como queriendo sentirla real. La miraba con devoción. Respiraba sobre sus labios húmedos, sobre su cuello tibio. Mordió el lóbulo de su oreja mientras ella rasguñaba su espalda y se apegaba aún más a su pecho para sentir que se fundía con su piel.
 - Debemos regresar. Los niños - susurró en su cuello
- Lo se... pero es que no puedo separarme de ti... No quiero... Temo que esto sea un sueño y .. temo
- Shhhh -  Gualberto puso un dedo sobre sus labios
- Debemos hablar
- Lo se.. lo se... Luego... Ahora vamos a hablar con Cecilia. Ella ya no es una niña y debe estar muy confundida
- Tienes razón. Ella entenderá.
- Yo voy primero ¿De acuerdo?... porque si me quedo un segundo más aquí no vuelvo a salir...
Gualberto le sonrió y le dio un último beso antes de dejarla sola frente a su reflejo, el mismo que hasta ayer la mostraba como una mujer totalmente diferente.
Una sonrisa que ya no alcanzaba a recordar se había instalado en su rostro. ¿Qué había sucedido? Sentía como si hubiera estado durmiendo por mucho tiempo y que ahora volvía a tomar las riendas de su cuerpo y de su vida.
Estaba consciente de todo lo que había sucedido antes de aquella mañana. Como también que aquella mujer no era la que ahora veía reflejada en el espejo. Esta se parecía mucho más a la que que recordaba antes de... ¿Antes de qué?
De repente todo se oscureció. No recordaba nada. Todo se volvía tinieblas luego de aquella reunión a la que la llevó.... ¿quien?... 
Fabiana se aferró al lavabo con fuerza mirándose al espejo. 
- ¿Fabiana? - golpeó una vez Gualberto - ¿Ocurre algo?
Pero ella no respondía
Gualberto abrió rápidamente la puerta cuando a la segunda llamada ella no respondió. La encontró con la mirada perdida y llorando desconsolada.
 - No recuerdo. Dime por qué no recuerdo nada de ese día.

jueves, julio 10, 2014

TACONES DE OTOÑO // CAPÍTULO 5


Una vez dentro del ascensor. Respiró aliviado. ¿Qué había sido eso? ¿Por qué se alejaba nuevamente así de ella?.
Acercó su rostro hasta el espejo del elevador que ya comenzaba su marcha hasta los estacionamientos. Limpió con la manga de su camisa los vestigios de sangre que habían corrido por la comisura de su boca y tapó su cara con las manos.
¿Cuánto más podría resistir así? ¿Por qué volvía a flaquear? Ella lo había dejado de amar. Ella le había vuelto a mentir. Ella ya tenía un nuevo amante. Ella nunca lo había amado.
Sus ojos turquesa parecieron llenarse con el reflejo del vidrio congelado y se detuvieron ahí por unos instantes que parecieron siglos. Sintió que su alma volvía a un pasado tan lejano, tan cálido y feliz que ahora que lo pensaba, no podía ser real.
Aquella pequeña pecosa, como le encantaba llamarla, lo había vuelto loco desde que la vio. Nunca creyó que podía ser capaz de poner los ojos en otra mujer que no fuera Amparito. Pero ahí estaba ahora, destrozado por dentro y por fuera. Sin poder tocarla, sin poder besarla desde ya no sabía cuando tiempo. ¿Dos años tal vez?. La misma edad de su pequeño hijo. La misma cantidad de tiempo que había transcurrido desde la última vez que le había creído. Que había vuelto a confiar en ella.
Las puertas del elevador se abrieron. Se apresuró en llegar hasta su auto. Sabía que debía conducir rápido hasta su casa. Tenía un sin fin de reuniones aquel día y debía cambiarse ropa. También presentía que Fabiana estaría ahí, que lo miraría con aquellos ojos color miel que tanto amaba pero que ahora ya no lucían el brillo de antaño, que su luz ya no le pertenecía como tampoco su boca ni su piel.
Tragó saliba al recordar su cuerpo, sus besos, sus manos enredadas en su cabello y sus piernas atadas a su cintura sin querer soltarlo. Las pecas en sus pechos que solía  lamer y acariciar ciego de pasión y de placer.
 - ¡Qué me pasa maldita sea! - dijo, golpeando con fuerza el volante del automóvil. Llevaba los ojos hinchados y una fuerte erección que le provocaba aquel dolor que sólo ella le producía. Intentó tranquilzarse por unos momentos. Miró la hora en el reloj del tablero y maldijo nuevamente. Ya iba demasiado tarde a todo lo que tenía agendado para ese día.
Desde que habían vuelto de su viaje, su estadía en aquella oficina era un infierno, como también lo era su casa. Exisitían esos breves momentos de paz que parecían retornar a veces a su hogar. Cuando parecía que ella volvía a ser la misma de antes. Cuando lo miraba con aquellos ojos que encerraban tanto amor pero que a ratos parecían mirarlo con dolor, con terror. Él quería acercarse, él moría por abrazarla. Necesitaba hacerlo; que le dijera que todo estaba bien, que todo era mentira, que sólo lo amaba a él, que siempre había sido así. Pero esas horribles imagenes una y otra vez volaban a su cabeza y la veía ahí, riendo en los brazos de otro. Besando a otro que no era él. No le había creido esa vez. Cuando recién había nacido Ivo. Cuando ella comenzó a volverse más extraña y lejana. En aquella ocasión Gualberto había decidido alejarse, como ahora... Volvia a huir.
No quería estar ahí, ni en su casa. Por eso buscaba cualquier escusa para viajar. Se pasaba semanas fuera de la ciudad y del país. Esa era su manera de alejarse y de no ver ni sentir el dolor que le provocaba su traición. Pensó que refugiandose en los brazos de Amparito se estaría vengando de ella y le haría daño pero moría por dentro cada vez que la rabia le envenenaba la sangre y corría hacia ella para saciar un deseo que  ni por nada se le asemejaba al que su mujer le provocaba tan sólo con mirarla.
Rogaba por no encontrarla en casa. Hacía días que no le dirigía la palabra. Desde que había decidido comenzar a vestirse cada vez de una manera más escandalosa y su hija le pidió que intercediera por ella.
La pelea había sido colosal. En un momento de la discusión Gualberto la tuvo muy cerca de su boca. Tuvo que tomarla por las muñecas para evitar que lo golpeara en el pecho. Fue la ocasión para que sus miradas se volvieran a encontrar luego de mucho tiempo.
La adrenalina bullia por sus venas. Algo se estremeció bajo sus pies. Sus ojos brillaron de una manera distinta. Gualberto creyó ver algo en aquello ojos que no supo interpretar. Un ruego, una suplica. Tuvo miedo y la soltó fustrado alejandose de ella nuevamente dandole la espalda confundido.
Cuando volvió a mirarla nuevamente, sus ojos volvian a ser los mismos, frios, intensos, oscuros. Decidió dejar la discución y se marchó, como siempre hacía, mientras Fabiana sonreía satisfecha.
**********************************************************
Fabiana se había despertado hacía ya un buen rato pero no había querido salir de la cama. Cuando abrió los ojos y vio nuevamente que su marido no había llegado a dormir, algo dentro de ella volvió a removerse provocándole sensaciones que había querido sepultar dentro de su memoria.
Se levantó con calma. Recordó que había sido Cecilia quien le había puesto la pijama. Sonrió al verse vestida así. Seguramente la niña había tomado lo primero que vio dentro de su cómoda y eso era una vieja camisola que le había regalado él cuando recién se habían casado. Era de seda, de un color rojo intenso que le llegaba hasta un poco más arriba de las rodillas y que le dejaba ver un poco más que las pecas de su abultado pecho. 
Se dirigió hasta el baño, vio su rostro en el espejo. Sus ojos volvían a verse un poco como los de su juventud. Parecían más claros, sin ese color rojizo de fondo. ¿Sería su idea?. Abrió la ducha con desgano, se sacó la camisola y cubrió su cuerpo con el agua caliente. Recordó la triste escena de la noche anterior después de salir de la reunión de la escuela de Cecilia. Pensó que ya había sido clara con aquel niñito la última vez que lo vio siendo ella misma. ¿Por qué se había atrevido a presentarse frente a ella nuevamente?
 - Es solo por esta noche. La última vez no nos despedimos 
Le había dicho, poniendo carita de gato con botas. Fabiana no se pudo resistir. Después de todo, no era un mal chico. Sólo se había obsesionado un poco con ella y se sentía un poco culpable por haberlo alentado con esas coqueterías impulsivas que sabía que no podía controlar aunque quisiera.
Fueron al bar donde lo había conocido hacía tiempo atrás. Aquel donde su amiga Marta, la única que aun mantenía desde la época del colegio, la había animado a conocer.
Recordó que bebieron algunos tragos, bailaron, rieron y luego el chico condujo el auto hasta su apartamento.
 - Te acompaño
- No. Está bien. Déjame hasta aquí. Muchas gracias. La pasé muy bien. Eres un  gran chico. Y ahora si. Adios
Fabiana le hizo un ademan con la mano y le sonrió con gracia pero el muchacho la tomó por la muñeca y la acercó hasta él para besarla. Fabiana se enteró tarde de que tenía esa boca pegada a la suya. Lo apartó con fuerza. Quiso golpearlo pero recordó la cachetada que le había dado a su hija en la mañana y se había prometido no volver a permitirselo nunca más.
 - Perdón. Es que me gustas tanto. Eres tan hermosa. Por favor no termines así conmigo
Fabiana lo miró desconfiada. Esta vez no caería en la trampa. Ahora, no entendía por qué, ella le permitía actuar, no estaba por ningun lado, debía escapar de aquel muchacho antes de que fuera demasiado tarde.
 - No hay nada que terminar... por que nunca ha comenzado nada. No se de donde sacaste eso. Si fui amable contigo fue porque eres un chico encantador. Pero mírate, podrías ser mi hijo ¡por favor!. Vete ya y no sigas haciendo que me sienta aun más miserable. Vete.
Fabiana salió de la ducha sonriente. Hacía tanto tiempo que no se sentia libre. Definitivamente no estaba. Volvía a ser ella. Sus ojos estaban ahí, su mirada, su sonrisa. ¿Qué había pasado? ¿Y si era una trampa? Tuvo miedo.Tembló asustada
Volvió a mirar su reflejo en el espejo. Se acercó hasta casi tocarlo con la punta de su nariz y no vio nada. ¿Sería la luna llena?, pensó. Tocó con un dedo el espejo. Como una niña respiró sobre él y dibujó un corazón con las letras G y F. 
Sabía que había ratos en que ella parecía desaparecer. Eran los momentos en que aprovechaba para estar cerca de sus hijos, abrazarlos; como lo había hecho la noche anterior con Cecilia.
Sufrió tanto con lo de la bofetada. Sintió cuando esa bruja levantó su mano y corrió a defender a su pequeña pero esa alimaña había sido más rápida. Era la primera vez que la enfrentaba. Su mirada era de odio puro. Un arrebato de inmenso dolor la envolvió y no hubo nada que la pudiera detener. Se llenó de un valor que no sabía que podía tener y corrió hasta ella mientras se miraba en el espejo del bar.
Ahora debía aprovechar todo lo que pudiera para estar con ellos para verlo a él. Aunque sabía que la odiaba por todo lo que ella le hacía, pero ya no le importaba. A ella le bastaba con saberlo cerca y que a pesar de todo lo que esa arpía hacía para que él la aborreciera, no habia abandonado a sus hijos y de alguna forma, tampoco a ella.
Adoraba esos momentos en que podian estar a solas aunque sea para que él la reprochara con la mirada o con su indiferencia. Ella sólo podía expresarle, como podia, lo mucho que lo amaba, pero entendía, por su actitud, que él no le entendía y Fabiana volvia a replegarse en su rincón de siempre.
Sintió ruido afuera en la habitación pero no le prestó demasiada atención. Debía ser Estela recogiendo y limpiando y molestando. Sabía que no la quería y el sentimiento era recíproco. 
Cuando quiso buscar su ropa para vestirse se dio cuenta que no la había llevado con ella hasta el baño por lo que tuvo que volver a colocarse la camisola encima. Con el cabello aun húmedo salió del baño encontrándose de frente con el pecho desnudo de Gualberto quien estaba buscando camisa limpia para cambiarse.
Ambos pares de ojos se miraron por unos instantes que parecieron una eternidad. Gualberto no podía evitar devorarsela con los ojos. Sabía que en aquella mirada estaba su pecosa de siempre. Quería hacerla suya ahí en ese instante. Su corazón ya no respetaba a su conciencia ni a su razón. Sus piernas y sus brazos querían volar hacia ella. Hacia ese espacio en su cintura y dentro de su boca.
Fabiana lo observaba tímidamente. Su reacción al verla la envolvió como en un torbellino. ¡Cuánto tiempo buscando aquella mirada! ¡Cuanto tiempo esperando volver a sentir el galope de su corazón dentro de su pecho! ¡Cuánto tiempo esperando a que la humedad de su vientre la llenara para esperarlo sólo a él!
Caminó lento hasta la cama. Agachó la mirada y vió la camisa sucia tirada en el suelo. Observó la mancha de sangre en la manga y se volvió de prisa para mirarlo. Estaba herido y sintió miedo. Sin palabras se acercó peligrosamente hasta él.
- ¿Te heriste en algún lado? - preguntó tímidamente tragando saliba, esperando que no la reconociera y que le diera nuevamente la espalda y la ignorara como venía haciendo desde hacía casi dos años.
Su cuerpo temblaba. Su cabeza le llegaba hasta la mitad de su pecho adornado con suaves vellos cobrizos. Fabiana creía ver que su respiración era tan agitada como la de ella. ¡Por Dios que quería creerlo!
De pronto, sus dedos se posaron sobre su labio magullado y él, como azotado por una fuerte descarga eléctrica, la tomó con fuerza por la cintura acercándola hacia su cuerpo. 
Estaba tenso, su corazón ya no cabía dentro de él. En cualquier momento escaparía de su encierro así como aquel amiguito que tenía prisionero entre sus piernas y que desde que la vio salir del baño no había dejado de molestarlo hasta que volvió el deseo y el dolor.
Fabiana se quedó inmóvil ante aquella reacción. Pero por dentro, muy adentro de ella todo se removía con fuerza, parecía un derrumbe, un terremoto... Pero ¡qué!. 
Sus manos viajaron hasta su pecho masculino y él soltó un gruñido cerrando los ojos. La agitación se volvió aún más intensa. Acercó su boca a la de ella lenta y suavemente, deseando que el tiempo se detuviera en ese preciso momento, la besó con calma, sintiendo la tibieza de sus carnosos y sensuales labios y ella abrió su boca para recibirlo como siempre. Sus lenguas se reconocieron y se saborearon sin vergüenza mientras sus manos se recorrían la piel buscando aquello que les pertenecía desde siempre.
Gualberto bajó hasta sus piernas para luego subir hasta sus caderas reposando y aprisionando con sus grandes manos sus nalgas, mientras su boca bajaba por sus pechos besando aquellas pecas que tanto adoraba, para luego torturar con su lengua y sus dientes aquellos pezones endurecidos por la batalla que ahí se estaba librando.
Se olvidó de citas, reuniones y viajes, de todo. Ahí estaba su mujer, la de siempre, su pequeña pecosa, a la cual jamas podría dejar de amar ni desear aunque viviera mil vidas.
Fabiana cruzó sus piernas a su cintura enredando sus dedos entre sus cabellos, mientras Gualberto la llevaba hasta la cama. La acomodó con ternura sin dejar de besarla. Luego se puso sobre sus rodillas para que ella se deshiciera de lo que ahora ahí sobraba. Desabrochó el cinturón de su pantalón y luego bajó el cierre de éste. No había visión que le encantara más a él que aquella. Verla deseosa de él, de su calor, de su piel, de sus besos.
Cuando estuvo totalmente desnudo comenzó a besar sus piernas y luego buscó aquel lugar que tanto extrañaba. Aquella húmeda estrechez que lo volvía loco. Sus dedos la descubrieron tan mojada que casi estalló en ese mismo momento al escucharla gemir y retorcerse sobre las sábanas.
- Por favor - susurró ella - no pares - Gualberto... Te amo...
- Fabiana...- murmuró él, colocándose sobre ella para de una vez llenarse de ella y ella de él.
Sus uñas se clavaron en su espalda pero él no sintió más que placer, sus dientes mordieron suavemente el lóbulo de su oreja pero a él eso lo volvía loco. Su boca se sació de sus pechos y de su jugoso vientre. Sus caderas no dejaron de servirle de anestesia cuando parecía que todo ya había terminado. Cuando reposaban abrazados y cansados de tanto amarse. Él acariciaba su piel con total libertad y su cuerpo no tardaba en volver a reaccionar frente a esa piel de miel que que adoraba. 
Cualquier pensamiento ajeno a todo lo que sucedio en aquella habitacion había quedado afuera. Gualberto comprendió que jamás podría amar a otra mujer que no fuera aquella adorable pecosa que ahora reposaba serenamente sobre su pecho. Volvía a sonreir. Quería volver a creer en ella. Necesitaba hacerlo. Si no lo hacía sentía que se volvería loco. No soportaría otro desengaño.
 - ¿Por qué está todo tan oscuro?... ¿Mamá?... ¿Estela?
Cecilia había llegado temprano. Javi la había ido a dejar después de lo que había sucedido. No había alcanzado a terminar la jornada escolar. Se sintió  mal y pidió permiso para retirarse.
 - Parece que no hay nadie - dijo Javi que venía tras de ella
- Hola hijita
- Estela ¿y mi mamá?
- Yo no se. Han estado toda la mañana encerrados en la habitación. No han salido y ya es hora de almorzar.
- ¿Han? Es que hay alguien más con mi mamá
- Espera hija si pero es....
Cecilia no alcanzó a escuchar nada más. De solo pensar que su madre habría llevado a alguno de esos amantes que decían sus compañeras que ella tenía la volvió loca. Caminó rápidamente por el pasillo que daba hasta aquella habitación y abrió la puerta de golpe.
- ¿Mamá?.... ¿Papá?...

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