domingo, octubre 20, 2013

APRENDIENDO A AMARTE Capítulo 32.



Fabrizzio continuaba sentado junto al tipo que operaba el portátil. Quería ver con sus propios ojos el momento exacto en que su cuantiosa fortuna era traspasada a la cuenta nueva y limpia de Max. Ya contaba con los papeles de identidad que le permitirían huir del país a cualquier parte del mundo que se le antojara. Solo bastaba un par de clic más y estaría hecho.

- Tu hijo está a salvo – dijo Fabrizzio. A él no le pasará nada. En cuanto a tu amiguita Consuelo… mmm , la verdad es que… si no me dices luego esos malditos números daré la orden para que la maten – Exclamó furioso, levantándose de su asiento amanzando con su arma a Max colocándola firmemente sobre su cabeza.

Aída palideció. Recordó que debía avisarle a los de afuera como y donde estaban los mafiosos. No pudo hacerlo. Luego que Max la tomara entre sus brazos olvidó todo lo que debía hacer.

- Yo… - titubeó Aída – yo se el resto de la clave – dijo al fin, logrando que Fabrizzio dejara en paz a Max y se concentrara en ella.

- ¡No podemos permitirle hacer esa maldita transferencia! – Exclamó Mike – ¡Si logra huir lo habremos perdido para siempre y no podremos estar tranquilos nunca más!
- ¡Voy a entrar! – Dijo Alejandro – Tengo mejor puntería que tu
- ¡No!, no dejaré que vayas solo – exclamó Mike – Yo soy el jefe de la operación Ok?
- ¡Vamos Mike!, no seas infantil – le reclamó Alejandro mientras Mike comenzaba a dar las ordenes a la policía para que les cubrieran las espaldas

- Ok hermano, dijo Mike – como tu bien dices, tienes mejor puntería que yo, entonces seré quien vaya primero mientras tu me cubres. Yo no conozco al tal Max, así que espero no dispararle a él una vez que esté ahí dentro… ¿O quieres que lo haga? – preguntó irónico a su amigo guiñándole un ojo.

Mike no esperó la respuesta de su amigo ya que sin previo aviso corrió rápidamente hasta la puerta de entrada echándola abajo de una sola patada.

Alejandro fue tras él siendo el segundo en entrar disparando certeramente sobre la cabeza del que estaba frente al computador, justo en el momento en que Aída le estaba entregando el último número falso de la clave que tanto ansiaba tener Fabrizzio.

Max tumbó a Aída sobre el suelo cubriéndola con su cuerpo. Fabrizzio se refugió bajo las patas de la mesa disparando para cualquier lado.

Osman y otros hombres intentaron huir por la puerta de atrás pero ahí los estaba esperando la policía, quienes de inmediato los disminuyeron aprehendiéndolos y sacándolos del lugar rápidamente.

Alejandro revisó el lugar viendo si no había más gente de Fabrizzio alrededor.

Se alegró al ver que Aída se movía bajo el pesado cuerpo de Max pero éste no lo hacía.

Cuando quiso acercarse hacia ellos una bala rozó su pierna obligándolo a refugiarse tras un sofá. Desde ahí se pudo dar cuenta que su amigo Mike yacía tirado en el suelo y no se movía.

Su intercomunicador sonaba. Alguien gritaba pidiendo instrucciones pero Mike no reaccionaba.

Alejandro horrorizado buscó desde donde salió la bala que lo había abatido. Buscó por todos lados, necesitaba estar seguro que no le volverían a disparar nuevamente para poder acercarse al cuerpo de Mike.

Desde afuera, la policía continuaba disparando pero ya no hacia dentro de la casa. Esta vez era a los mafiosos que vivían en las cercanías del lugar y que ante todo el bullicio de la balacera comenzaban a huir como ratas de alcantarilla.

De repente, Alejandro se percató que el hombre que estaba tirado bajo la mesa en frente de él se movía lentamente. Cuando se dio cuenta que era el jefe de toda la banda se alegró de haberlo abatido al fin y rápidamente, como pudo, se acercó hasta el cuerpo de su amigo.

-¡Mike! ¡Mike!, ¡por favor! Ya todo terminó ¡Estás herido!. ¡Vamos!. ¡Salgamos de aquí!
Pero Mike no respondía.


En ese instante Alejandro se dio cuenta que no llevaba su chaleco antibalas y que una de ellas le había perforado el pecho muy cerca de su corazón.

-¡Amigo! ¡no por favor!  - dijo bajito y asustado Alejandro, mientras que en el otro extremo de la casa Max comenzaba a reaccionar debido a los cuidados que le estaba proporcionando Aída en la herida que le había dejado una bala en su hombro, la que lo hizo perder el conocimiento por unos instantes.

Alejandro volteó el cuerpo de Mike percatándose que aun seguía vivo.

-Mike, por favor, ¡no me dejes ahora!! – suplicaba Alejandro
-My brother – dijo muy despacio Mike – Aquel hombre tirado allá bajo esa mesa es el causante de todas mis desdichas, amigo
-!Qué dices!
-Lo reconocí de inmediato casi en el instante en que entré a la casa
-¡Está muerto!
-No Alejandro, solo está mal herido por una bala que yo le metí. No quiero que muera, ¿me oyes?. Quiero que sufra. Que sufra toda la vida como ¡él me hizo sufrir cuando corrompió a mi amada Elizabeth
-¿El?
-Si amigo, ese maldito fue quien la llevó por el camino de las drogas y luego la violó estando ella casi inconciente. El provocó su muerte y mi desdicha. ¡Hazlo sufrir Alejandro!.

-Amigo, se fuerte. Ya pronto llega la ambulancia. No te dejes abatir
-¡Mira! ¡Ahí está ella!... ¡Mi hermosa Elizabeth!, ¡viene por mi!.  Perdóname por haber dudado de tu amor...  my girl…

-¡Mike, resiste! ¡Mike por favor!... ¡Mike!

El resto de la policía entraba en ese momento en el lugar quedando atónitos frente a la imagen de Mike muerto en los brazos de su amigo.

Aída sostenía sobre sus piernas el cuerpo de Max y le sonreía mientras que él la observaba sin decir nada.

-¡Acá encontramos a otra! – Exclamó un oficial, quien tenía tomada por un brazo a Emma
-Estaba escondida allá atrás.
-¡Llévensela!- exclamó Alejandro sin querer mirarla
-¡Este aun respira! – dijo otro, sacando el cuerpo de Fabrizzio desde debajo de la mesa
-Él es el “pez gordo” – dijo Alejandro – Ya saben que hacer con él.

La casa comenzaba a quedar vacía. Los habitantes del lugar comenzaron a salir de sus hogares y a acercarse tímidamente. Las ambulancias ya se habían llevado a Max y a Aída.

Alejandro esperaría junto al cuerpo de Mike a que fueran por ellos.


Durante el funeral, Consuelo y Alejandro se mantuvieron muy juntos uno al lado del otro. El estaba inconsolable.

Se refugió en su apartamento y  no quiso hablar con nadie. Consuelo ni siquiera intentó acercársele. Temía que él la rechazara y prefirió volver a casa junto a Rosario, quien aun no lograba creer que aquel hombre adorable que había conocido ya no estaba. Ya no volvería a sentir sus besos ni sus caricias nunca más.

A pesar del poco tiempo transcurrido desde su muerte sentía que comenzaba ya a olvidar su rostro pero no así la emoción que le causaba su compañía, sus palabras, su encanto. Sin duda aquel hombre había llegado a su vida para cambiarlo todo.

Rosario ahora sabía que los amores apasionados como el de ella y Mike podían existir. Que una gran mansión y una limusina jamás la habrían hecho tan feliz como lo había sido junto a él, abrazada a su calor y a su boca.

También comprendió que había amores más fuertes que la muerte y sintió celos de aquella Elizabeth que le arrebató al hombre que la había enseñado lo que se siente amar.

En aquel apartamento reinaba la tristeza y el silencio. Solo Kirk merodeaba aun ronroneando por los rincones levantando su cola a veces para acariciar con ella las piernas de Consuelo.

Max y Aída viajaron juntos de vuelta a Santiago. El duque le había llevado a Sara al hospital donde ella acompañó a su nuevo amigo todo el tiempo.

- ¡Mi niña, mi hermosa niña!! – dijo Aída al verla besando su frente y sus manitas pequeñas
- Hola Mamy. ¡Estás muy linda! – Dijo Sara con sus ojitos risueños

-Aída, su valiente acción no tiene precio. Hemos hablado con las personas indicadas y desde ya... sus papeles están limpios. Es usted una mujer libre – dijo el duque muy emocionado besando sus mejillas.

Max supo que había sido por ella que su adorado hijo estaba a salvo y si ya sentía algo muy fuerte por aquella exótica mujer ahora definitivamente la amaba con toda su alma y a su pequeña hija también.

Aída estaba comenzando a conocer el amor, la paz y la felicidad que tan esquiva le había sido. Max la respetaba, la acariciaba con tal delicadeza que todo su cuerpo temblaba al sentirlo cerca. Sin duda, para él, ella era la mujer fuerte y decidida que había ido a buscar… solo que con otra empaquetadura.



Fabrizzio fue acusado de tal cantidad de fechorías que con seguridad no saldría nunca más de la cárcel, mientras que Osman se enteró que el hombre por el que se había hecho delincuente lo había abandonado por una mujer.

Ambos fueron ubicados en la misma celda a petición de Alejandro. Fabrizzio le pidió protección ya que él era un hombre grande y fuerte y ahí dentro con seguridad le harían mucho daño.

Osman aceptó pero a cambio vivió para humillarlo, haciéndolo sufrir en carne propia todos los días de su vida el gran dolor que le causó a tantas personas.

Emma fue deportada y acusada de homicidio. Volvió a la misma cárcel donde estaba la Rosa. Ella se había endeudado con la mafia de Centroamérica para que Emma llevara a cabo su plan. Como no llegaron los millones que habían acordado la Rosa se encargó de hacerla pagar por el engaño convirtiéndola en su esclava dentro de la prisión.

Alejandro se había cansado de esperar a que Consuelo se decidiera a estar con él.
La esperó por semanas en su apartamento. Todo el tiempo estaba pegado a su móvil con la esperanza que ella lo llamaría, pero no fue así.

Supo que Max volvía Santiago junto a Aída y su pequeña y se ilusionó con que al fin Consuelo y él estarían juntos, pero Consuelo no lo llamó ni lo visitó después del funeral.

El no sabía que ella había caído en una profunda depresión después de todo lo vivido.

En el funeral de Mike deseó ansiosa que Alejandro tomara su mano y la llevara con él pero no sucedió y al terminar la ceremonia cada uno partió por caminos diferentes.

Consuelo no sospechaba que Alejandro ansiaba también volver a sentir sus manos y su piel pero temió que ella lo rechazara una vez más.

Así pasaron algunos meses en que ninguno de los dos se decidía a hablar debido a esos tontos temores que nos inundan a veces por aquella inseguridad que el amor nos puede llegar a provocar.


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16/11/2010

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