domingo, octubre 20, 2013

APRENDIENDO A AMARTE -- FIN --





Rosario decidió ingresar en la organización a la que había pertenecido su amado Mike. Sentía que se lo debía. Ella continuaría con la labor de perseguir y encarcelar a los que les quitan la vida a los niños y jóvenes envolviéndolos en sus tramposas y mortales redes.

Consuelo había resuelto volver a su hogar. Estaba cansada y demasiado triste para continuar viviendo en la misma ciudad en la que estaba él y no poder acercarsele ni abrazarlo y decirle cuanto lo amaba.

Antes de marcharse cogió coraje y se plantó frente al edificio donde vivía Alejandro.

Con su corazón latiendo a mil se acercó hasta la recepción y preguntó por él

-Don Alejandro está de viaje señorita. – le contestaron y Consuelo salió del lugar abatida por el dolor.

Alejandro observaba como cada tarde, desde su balcón en el que abrazó y besó por vez primera a Consuelo, caía la noche y con ella su manto de soledad y melancolía.

Había dejado dicho que si preguntaban por él dijeran que no estaba. No quería saber de nadie. Solo deseaba estar solo con sus recuerdos y sus pensamientos.

Consuelo nunca más le habló ni lo buscó. -¿De que serviría entonces ir tras ella?- Esta vez no soportaría su rechazo.

No la vio partir mirando hacia aquella misma ventana con la tristeza pegada a su sombra y su maleta llena de recuerdos.



A la mañana siguiente el duque lo había hecho llamar con urgencia y a pesar de la pereza que le daba salir de casa fue a visitarlo a la mansión.

Una vez allá se encontró con Rosario en la entrada. Ella iba dispuesta a imponerse de las actividades de la organización.


Rosario, al entrar de nuevo en aquella lujosa residencia, se quedó admirando el paisaje: una gran mansión que ya la sentía como su casa y una estupenda limusina negra en que la habían ido a buscar para llevarla hasta ahí. Sin duda había comprendido que el sueño de su niñez ya se estaba cumpliendo. Muy contenta iba al encuentro de su nuevo destino.

-¡Alejandro! – que gusto verte – le saludó Rosario - ¿Alcanzaste a despedirte de Consuelo?

A Alejandro pareció habersele congelado el corazón

-¿Despedirme?. ¿Se fue?
-Si, esta tarde. Que extraño. Dijo que pasaría por tu apartamento

Alejandro estaba como loco. Debía salir de ahí. Debía tomar el primer vuelo a Santiago de inmediato.

-¡Alejandro! Hijo. – Lo detuvo Hernán - ¿Qué te pasa?
-Hernán, por favor dime que no es tan urgente mi presencia en esta misión. ¡Debo ir tras ella! ¡Fue por mi ¿Te das cuenta de lo que eso significa?

Rosario lo miraba entretenida. Le gustaba saber que su amiga estaba equivocada. Alejandro aun la seguía amando y así sería siempre.

-¡Pero hijo! Me cansé de llamarte y ahora que decides aparecer ¿te vas nuevamente?
-Por favor, ¡déjame ir!

Hernán lo miró conmovido y le sonrió

-Ve hijo, ve. ¡Que al menos un hombre de la familia sea feliz!

Alejandro no entendió el mensaje. Estaba eufórico. Ni siquiera pasaría por casa a buscar su maleta. Llegaría directo al aeropuerto a tomar lo primero que saliera hacia Santiago de Chile.

-¡No olvides saludar a tu madre de mi parte! – Alcanzó a gritarle el duque antes que Alejandro tomara su auto y saliera en busca de su destino.

En Santiago, Consuelo aun llevaba la melancolía en el alma y sentía que haciendo recuerdos tendría algo de paz.

Decidió que al día siguiente saldría de paseo e iría a visitar a la madre de Alejandro.

Jamás había entrado en aquella humilde morada, esta sería la primera vez.

El duque le había pedido, cuando fue a despedirse de él, que pasara a verla para que le dijera que cuando ella se decidiera y estuviera lista no dudara en llamarlo porque él, en un instante, la haría al fin su mujer como toda la vida lo había soñado.

 - Es un romántico este duque – pensaba Consuelo mientras caminaba

Había salido temprano. Aun no se decidía a entrar en aquella casa. La miraba desde fuera. Se paseaba por la vereda del frente pero nada más. Se dió una par de vueltas más por el barrio hasta que al fin se decidió. Aunque al momento de cruzar la calle se quedó por unos instantes inmóvil ante la sensación de verlo a él tras de aquella puerta.

- ¡Busca a alguien! – Preguntó una hermosa mujer desde la puerta
- Ehh… si… ¿la señora Marisol? – preguntó al fin Consuelo
-Si soy yo. Díme – Respondió desde el interior de la casa.
-Es que… Vengo de parte del duq... de Hernán. Traigo un mensaje para usted

A Marisol se le puso la carne de gallina y su respiración se volvió agitada. Hacía meses que no tenía noticias de él ni de su hijo.

Se arregló sus rubios cabellos y los enganchó en una cola sobre su nuca despejando su rostro haciendo lucir sus hermosos ojos verdes – iguales a los de él – pensó Consuelo al acercarse.

- Pasa por favor, disculpa el desorden. Estaba haciendo un poco de aseo

Sin duda Marisol, a pesar de los años que se negaban a hacer mella en su cuerpo,  era una mujer muy guapa. Su tez blanca y sus dorados cabellos junto a esos hermosos ojos en los que se reflejaba su belleza del alma, con seguridad habían vuelto loco a cualquiera.

- Con razón el duque no había podido olvidarla – Pensó Consuelo

Una vez dentro de la casa la muchacha comenzó a pasear sus ojos por aquel lugar. Se notaba que no había ni nunca hubo riquezas ahí. Era una casa humilde, limpia y muy ordenada.

- Tu eres Consuelo ¿cierto? – Preguntó Marisol mirandola con ternura
- Ehhh. Si.. soy yo. ¿Me conoce?
- ¡Como no te voy a conocer si eres la mujer que me quitó el amor de mi niño! –dijo sonriendo

Consuelo se asustó y bajó la mirada

-No te asustes. – Sonrió – Estoy bromeando. Solo que…
-Señora, Alejandro...
-No tienes que decirme nada. Me lo puedo imaginar. Tu y él son muy distintos y por eso se atraen con tanta fuerza. 
-Si, él es muy extrovertido... bueno  y yo
-Si - interrumpió Marisol - tu eres todo lo contrario. Siempre me gustaste para él. 


Consuelo no supo que decir


-¿Sabes?, antes que cayera en … Bueno en eso. Siempre me hablaba de ti. “Mamita que hoy vi a la Consuelo”.. “mamita que hoy le hablé” mamita que la Consuelo aquí o que la Consuelo allá. – Marisol volvió a sonreír
-Pero tu  nunca le hablaste parece ¿cierto?

Consuelo sintió que la apuñalaba con aquella pregunta

-Marisol, solo pasaba a decirle que Hernán le manda muchos saludos y que…
-Si ya se. Eso no podrá ser nunca hija mia
-¿Por qué no?. Él está libre
-¿Libre?
-¿No lo sabía?. Se divorció hace poco y ahora solo desea que usted lo acepte

A Marisol se le llenaron los ojos de lágrimas y un nudo se le hizo en la garganta.

-¿Sería posible que al fin podría estar junto al hombre que tanto amó y ama todavía? – Pensaba nerviosa refregando sus manos una con la otra.

-¡Mira ven! – dijo nerviosa - Te llevaré a conocer la casa.

Consuelo entendió que ella no quería hablar mas del tema y la siguió

Después de mostrarle la cocina y el comedor la llevó hasta la pequeña habitación que solía ocupar Alejandro.

Era pequeña con una sola ventana que la iluminaba por completo. Consuelo no se atrevió a entrar. Sus rodillas temblaron y se quedó estática frente a aquel lugar.

-¡Mira que se ha hecho tarde niña! ¿Me acompañas a tomar un te? Ya pronto va a oscurecer.

Alejandro corría como un loco por los pasillos del aeropuerto de Santiago. Buscó un taxi y comenzó su frenética carrera hacia el encuentro con su felicidad.

-La acompaño – dijo Consuelo
-Lamentablemente en un rato más vienen por mi. Es que estoy en un grupo de oración de aca de la iglesia del barrio.  Es muy entretenido. Además tengo compañía.
-Desde que mi hijo se fue me he sentido muy sola. – Se lamentaba Marisol mientras disponía la mesa para el te.

-¿Cómo está él? ¿Lo has visto? – Preguntó repentinamente la madre de Alejandro

-Si… lo he visto… Está muy bien – dijo Consuelo con tono triste
-Me ha llamado poco ese hijo ingrato – se quejó ella, intentando por todos los medios no volver al tema de Hernan y su propuesta pero Consuelo volvió a la carga.

-¿Qué le digo al duque? – Preguntó luego de una interminable silencio incómodo
-¿Que duque?.. Ohh.. si, si perdón, Hernán quieres decir ¿cierto?
- Si, él. El padre de Alejandro

Al oir estas palabras Marisol se le desencajó el semblante y ya no sonreía. Frente a ella, en la puerta de entrada, estaba la figura de su hijo quien había escuchado todo desde ese lugar.

-¡Hijo! – exclamó Marisol nerviosa, a la vez que Consuelo daba un salto en su silla para girarse y verlo ahí, de pie frente a ella atravesandola con la mirada.

-¡Ven acá hijo! Que bueno es tenerte de vuelta…
-Madre, tenemos que hablar  - la interrumpió Alejandro sin mirarla
-Si.. si debemos hablar
-Yo me voy – Dijo Consuelo muerta de vergüenza
-¡No! – exclamó Alejandro – No, por favor, quédate. – dijo luego con tono más suave

Consuelo no sabía qué hacer. Al fin estaba frente a él y no sabía como decirle lo que tanto tiempo traía atorado en su garganta.

-Ven mamá. Creo que tu tienes que explicarme algo – Dijo, luego que Consuelo accedió con un leve movimiento de cabeza a esperarlo

Marisol y Alejandro se fueron juntos hasta la habitación de él. Consuelo se los quedó viendo mientras se perdían por aquel breve pasillo que llevaba hasta un pequeño patio de luz.

Desde la sala podía escuchar los sollozos de Marisol y las palabras que salían de su boca para explicarle a su hijo con detalles lo que había sucedido antes de que el llegara a este mundo y luego, cuando Hernán volvió a aparecer en sus vidas.
También le contó lo que Consuelo había ido a decirle esta vez.

Transcurridos algunos minutos se dejaron de sentir sollozos y lamentos. Solo luego de un breve silencio Marisol y él salieron de la habitación tomados de las manos. La había perdonado por no haberle dicho la verdad desde un principio.

-Ahora me siento libre – dijo ella, yendo por su bolso para salir hacia su cita con la iglesia y su grupo de oración.

Consuelo y él se quedaron de pie uno frente al otro sin decirse nada por unos instantes.

-Pasé a despedirme de ti, pero me dijeron que no estabas – dijo Consuelo tímidamente.
-No estaba, efectivamente. Había muerto para el mundo pero ahora, aquí frente a ti, siento que he vuelto a vivir y a nacer nuevamente.

Consuelo le sonrió radiante. Alejandro le extendió la mano y la llevó hasta su habitación.

-Ya estuve aquí – dijo ella sin querer entrar
-Si. Siempre has estado aquí  - le respondió Alejandro tomandola de la mano y llevandola hacia el interior.
-Siempre te soñé aquí, dentro de lo más profundo de mi intimidad. Muchas veces te soñé sentada junto a mi en aquella pequeña cama.

Consuelo lo llevó a que se sentaran juntos como él decía.

-¿Por qué no me llamaste? – dijo Consuelo casi sin poder resistir las ganas de besar esa boca.
-Esperaba que tu lo hicieras. Temía que no me quisieras ver – dijo Alejandro acariciando su rostro
-Era lo único que deseaba – suspiró ella entregándose a los brazos y a las caricias de él que ya comenzaban a recorrer su cuerpo.

Consuelo acarició su mejilla con suavidad mientras no dejaba de mirar a sus ojos. Luego su pulgar rosó los labios de él. Alejandro no podía creer lo que estaba sucediendo. Cerró los ojos un instante para palpar la sensación de sus manos sobre su boca y pronto sintió un suave gemido que provenía de ella lo que le hizo abrir los ojos rápidamente y lo que vio le hizo estremecerse aún más, si se podía.

Su corazón corría como loco al verla a ella con los ojos cerrados, su pecho agitado y su boca entreabierta. Aún no la tocaba pero ya sus respiraciones eran agitadas.

Cuando el deseo y la pasión finalmente lograron unir sus bocas, la habitación comenzó a temblar. Los cuadros y las fotos pegadas en las paredes caían estrepitosamente al suelo. La tierra temblaba con furia pero ellos no dejaban de entrelazar sus cuerpos. Sus bocas palpitaban por el fuego que las arreciaba al momento que sus lenguas se buscaban y se reconocían.

Sus pechos latían al son de los vaivenes que la tierra hacía bajo sus pies.

Alejandro la acomodó bajo su cuerpo sobre la cama llenándola de besos y caricias. Gozaba cada vez que Consuelo se removía bajo él cuando mordía y lamía su cuello hasta llegar a su mandíbula y luego volvía para atrapar entre sus diente el lóbulo de su oreja.

Levantó con ambas manos la blusa que protegía de su encierro a aquella piel y sedosos pechos que lo estaban volviendo loco.

Cuando sus manos recorrieron su vientre cálido, sus dedos volaron hasta abajo, hacia su íntima humedad que lo esperaba ansiosa sólo a él. Su boca quería recorrerla toda y sus manos ya no tenía control sobre las caricias que le quería prodigar.

Con cada gemido que ella dejaba escapar él se volvía aún más desesperado por hacerla suya, pero no quería dejar de disfrutar el placer de sus pequeñas manos sobre sus hombros, sus piernas alrededor de su cintura y sus brazos alrededor de su cuello. Su boca tomando cada gota de sudor que de su cuerpo se desprendía y aquellos arañazos que iba dejando sobre su espalda cada vez que él movía sus dedos dentro de su punto de placer. 


Consuelo se apuró en ayudarlo a deshacerse de la prisión de sus ropas acercando su desnudez a la de él aprisionandolo entre sus muslos tibios y suaves.

Abrió los ojos para verla a ella debajo de su cuerpo. La sentía gemir y el placer se apoderaba de todos sus sentidos cada vez que se internaba dentro de su estrecho vientre que lo cobijaba amorosamente para hacerlo sentir que tocaba el cielo junto a ella justo en el momento en que la tierra más fuerte se movía, cuando ya no quedaba nada en pie en aquella habitación, sus cuerpos estaban fundidos por la pasión y el amor que siempre los unió.

Alejandro respiraba agitado sobre el cuerpo de Consuelo acariciando sus cabellos y su boca. Ella mantenía sus ojos cerrados al mundo. Sólo quería que aquel momento nunca terminara.

A un breve beso de él sobre sus pechos, ella abrió los ojos y lo miró. La tierra había dejado de temblar pero sus cuerpos aun se estremecían.

Las piernas de ella se mantenían firmes alrededor de la espalda de él y sus manos acariciaban sus hombros y sus cabellos.

-Esto nunca acabará ¿cierto? – dijo Consuelo cansada
Alejandro le sonrió

-Los temblores de la tierra tal vez si pero lo que sentimos cada vez que estamos juntos, nunca – dijo, atrapando su boca con un beso, llevándola nuevamente a la  cima. Esta vez sin el temblor que lo desordenó todo.

La madre de Alejandro llegó corriendo hasta su casa

-¡Alejandro!!, Alejandro, ¿estan bien?

Pero Alejandro no contestó. No quería despegarse ni un milímetro del cuerpo de Consuelo.

-Es mejor que le respondas – dijo ella
-¡Estamos bien mamá! No pasó nada - gritó él sonriente
-Pero hijo si eso fue un terremoto. ¿Seguro está todo bien?
-Si mamá esto fue un terremoto... ¡¡Uno grado 10!!.

Consuelo le sonrió y feliz volvió a abrazarlo para volver a perderse juntos entre las sabanas.

17/11/2010

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