lunes, octubre 14, 2013

APRENDIENDO A AMARTE Capítulo 5.


-Tía, ¿qué has sabido de Max?. ¿Sabes cuando vendrá a verme?
-Querida, creo que tu marido no tiene ninguna intención de venir a visitarte a la carcel
-Es que no me puede abandonar.
-Quien si pudo salir bajo una gran fianza fue Gustavo. ¿No se ha contactado contigo?
-Si. Vino ayer. - dijo desanimada Emma -. Hablamos un rato y se fue luego.
-¿Y te dió alguna noticia de cuando podrías salir de aquí?
-Está hablando con sus amigos abogados. Dice que tengo alguna posibilidad de salir bajo fianza como él hasta que sea el juicio.
-Que bueno hija. Ya verás que todo se solucionará pronto y verás a tu pequeño.
-Ah si. ¿Cómo está el niño? - Preguntó sin mucho interés.
-Está con tu suegra. No lo he visto últimamente. Debe estar bien supongo.
-¿Y no has ido tu a ver a Max como ye había pedido? - dijo Emma casi gritando
-Es que estuvo enfermo y luego...
-Luego qué. Habla tía Ágatha, qué sucede
-Bueno es que esto tal vez no te vaya a gustar
-Ya nada me podría sorprender a estas alturas
-Bueno. La otra tarde pasé a visitarlo y me ha dicho que comenzó los trámites para anular su matrimonio.
-¿Qué?. ¡No puede hacerme esto!
-Si puede hija. Con la tremenda acusación que recae sobre ti.. lamentablemente si puede.
-Ese hijo de perra
-Y eso no es todo.
-Qué más dime por favor
-También está tramitando para que no tengas nada que ver con Maxito. Dice que va a hacer todo lo posible por adoptarlo y quitarte a ti todos tus derechos sobre él.
-¡No!. ¡Ese maricón no!. No podrá hacerlo. Mi hijo no. Es la única oportunidad que tengo de estar cerca de la fortuna. No me lo quitará.
-También supe, pero no por él...
-Qué cosa
-Se va a Europa a buscar a su ex novia
-¿Se va?. ¿Me dices que se va? ¿Cuándo, donde ?
-No lo se, no lo se. Me enteré por casualidad.
-Mmm...- Se quedó un rato pensando Emma. De repente una sonrisa cínica se vino a instalar en su cara - Debo salir pronto de aquí. Debo solucionar todo esto. Tía dile a Gustavo que me urge verlo por favor.
-Si hija, lo llamaré de inmediato en cuanto me vaya. - ¿Te han tratado bien?
-Como quieres que me traten tía. Esto es una cárcel. Todas me odian. Debo defenderme como puedo. No sabes la rabia que tengo tía Agatha. Cuando salga de aquí me vengaré de todos. Principalmente de Max. Ese mal nacido me las pagará. No sabe con quien se ha metido.
-Hija anda con cuidado. Hay muchas pruebas contra ti. Podrías estar muchísimo tiempo aquí.
-No te preocupes por mi tía. Ya verás. Tengo un plan. Todo saldrá bien esta vez.

Emma se despidió fríamente de su tía y volvió a su húmeda y oscura celda, la que compartía con una extraña mujer de raza africana llamada Aida.

Aida había caído detenida por tráfico de drogas y, como muchas de las mujeres que ahí estaban, había sido engañada por el hombre que amaba para que sirviera de "burrera" y pudiera ingresar la droga a Chile.

Su precaria situación económica, unida a la urgente necesidad de alimentar a su pequeña hija la habían hecho dejar de lado sus principios y sus miedos para embarcarse en este ilicito acto. La impericia de sus actos la delataron a la llegada al aeropuerto.

Cuando Emma llegó a compartir celda con Aida, las mujeres no se llevaron bien desde el principio.

Emma, con sus aires de gran dama, ofuscaba a Aida y muchas veces las guardias tuvieron que frenar las peleas en las que solían enfrascarse.

Aida era una hermosa e ingenua joven de raza negra. En su nativo pueblo había logrado dejar a su pequeña hija a quien adoraba por sobre todas las cosas, encargada a sus padres para quienes la niña era muy importante en sus vidas.

Llevaba presa ya dos años y no tenía opción alguna de poder salir pronto de ahí ya que no contaba con los medios económicos para contratar un buen abogado que le ayudara a defenderse y poder decirle a los jueces que estaba muy arrepentida de lo que había hecho y que por favor la perdonaran para poder volver a ver a su amada hija.

Aquella noche Emma se reunió con otras reclusas en su celda y viendo que Aida dormía comenzó a relatarle a éstas sus maquiavélicos planes de venganza.

-Necesito de su ayuda. Les pagaré muy bien. Dijo Emma
-A ver de qué se trata. - replicó Rosa-

Rosa era la reclusa más antigua del lugar y de la que se sabía manejaba el contrabando dentro de la cárcel. Era peligrosa como ninguna, lo cual sabía muy bien Emma, pero sabía que con dinero podía tenerla de su lado.

-Necesito que tu gente "cargue" a alguien.
-A ver explícate mejor mira que no estoy entendiendo na.
-Hay mucho dinero de por medio Rosa. Una gran fortuna. Seré la heredera universal una vez que salga de aquí pero primero debo "deshacerme" de un par de personitas.
-Y como quieres que lo "carguemos". Porque seguro me hablas de tu marido ¿o no?
-Si. Efectivamente. - respondió Emma con los ojos brillantes de codicia rallando casi en la locura.

Aida despertó con el murmullo de la reunión y prestó atención a todo lo que las mujeres decían, quedando muy impresionada al confirmar que su compañera de celda era de las personas más malvadas que le había tocado conocer.

Rosa no tenía escrúpulos; por lo que si había buen dinero de por medio, le daba lo mismo quien o quienes serían afectados con sus actos.

En este caso estaba consciente que estaría involucrado un niño inocente, pero no le importó. Total no lo conocía y, ya a estas alturas de su miserable vida, nada más le importaba que hacer dinero para enviarle a sus contactos en Sudamérica y de esa manera mantener viva a su familia.

A la hora de volver a sus celdas el trato estaba cerrado y la suerte de Max y su hijo estaba echada.


En Madrid ya comenzaba a caer la tarde.

Al llegar las 6 de la tarde, Alejandro estaba ansioso esperando a la salida de la escuela donde estudiaba Consuelo.

Pasaban poco a poco los minutos y ella no aparecía por ningún lado.

Cuando ya habían transcurrido más de 30 minutos de espera comenzó a preocuparse pensando que tal vez le había pasado algo que la había retenido ahí dentro.

Al fin se dispuso a entrar por ella pero pronto vio que se acercaba hacia él corriendo con la cara desfigurada.

-¡Alejandro! por favor disculpa. Había olvidado por completo que vendrías hoy por mi.
-Ahh...- dijo él desolado.
-Rosario me llamó recién y me lo hizo recordar.. Por fa, por fa perdón

Alejandro caminaba junto a ella cabizbajo sin decir palabra ni mirarla. Pensaba en todas las expectativas que se había hecho con esta cita y ella lo había olvidado.

-Es que hoy en la madrugada recibí una llamada que me anduvo descolocando un poco y no he podido dejar de pensar en ello. - Explicó Consuelo, mientras salían juntos del lugar dirigiéndose a un bello café que había en frente.

Alejandro continuaba callado. Se acercó hacia ella para correr la silla donde se sentaría extrañada por la actitud pasiva que hasta ese momento veía en él.

-¿Un café, un helado?...¿Hace calor aun eh?- dijo Alejandro con voz melancólica.
-Ale por fa. No te enojes conmigo. - Consuelo tomó la mano de él y lo miró a los ojos. En ese instante se fijó que Alejandro andaba con sus brazos desnudos y no entendió por qué al momento de verlo y rozar su piel su cuerpo entero se sintió erizado y sintió que su corazón daba un salto en su interior.

-¿Qué te pasó?. Te quedaste inmóvil. ¿Estas bien? - preguntó Alejandro al ver la conmoción en el rostro de Consuelo.
-Ehhh. No nada. Sólo que recordé alg o- mintió ella y le sonrió.
-Logré sacarte palabra al menos eh - continuó diciendo Consuelo mientras intentaba disimular su emoción.
-Si. - le sonrió -. Nunca he podido enojarme contigo.
-Pero ¿por qué ibas a hacerlo? ¡si nunca hablamos!
-Tienes razón. Pero saberte siempre tan cerca y ni siquiera sentir de vuelta mis miradas, mis sonrisas. Las caricias que te expresaba con mis ojos y que tu ni siquiera volteabas a ver.

Consuelo quedó atónita ante tales declaraciones.

Alejandro tomó la mano de Consuelo y se quedó así por largo rato mirándola fijamente sin decir nada. Hasta que llegó el mesero con los helados.

-Mmm. ¡Que rico se ve!- dijo nerviosa ella. Intentando que él no se diera cuenta que se sentía muy conmovida y emocionada con todo lo que estaba sucediendo.

-¿Puedo saber qué hizo que olvidaras nuestra cita?- preguntó Alejandro jugando con el helado que comenzaba a derretirse.

Consuelo lo pensó dos y tres veces antes de confesarle que el hombre que siempre amó, el cual la había abandonado para estar con otra, volvía a buscarla para llevarla con él.

Antes de comenzar a hablar lo observó curiosa. Lo miraba y era como si el tiempo no hubiera pasado. Era la misma cara de niño revoltoso, listo y cariñoso del cual tenía el recuerdo de su probable primera declaración de amor infantil. De ese bueno y puro, tierno, sano y romántico.

No recordaba que tenía unos profundos ojos verdes, sus cabellos negros y ondulados, su tez blanca. Sus ojos comenzaron disimuladamente a deleitarse con lo que prometía ser un muy buen cuerpo masculino bajo aquella ropa que no le permitía ver más allá que un pecho firme, espaldas anchas y fuertes como sus brazos desnudos. Reparó en su boca. Por un instante tuvo la intención de saltar sobre la mesa e ir a perderse en aquellos ojos y dejarse atrapar por sus abrazos y esa boca que prometía darle un gran placer. Sin darse cuenta los colores se le vinieron al rostro al imaginarse todo eso y bajó la mirada avergonzada pensando que él pudiera estar metido en sus pensamientos.

-... Bueno si quieres no me cuentas. Yo entiendo.- dijo Alejandro
-No, espera. Es que hay muchas cosas que no sabes de mi
-Como tu también no sabes mas que algunas cosas acerca de mi paso por una alocada y rebelde adolescencia.
-Si. Supongo que me contarás algún día ¿cierto?. ¿Qué pasó contigo?. Recuerdo que siempre te veía y luego, casi de un día para otro, desapareciste. Cuando me vine a dar cuenta habían pasado años desde que no volví a saber nada más de ti...
-Me fui el día que tu te comprometías para casarte. -Le interrumpió Alejandro.

A Consuelo se le desfiguró la cara. ¿Cómo supo él que se había comprometido?.

-¡Si te vieras la cara Consuelo!. Jajaja. Estuve ahí, frente a tu portal, cuando celebraste tu compromiso con... ¿Max? se llama ¿cierto?- dijo seriamente él.
-¿Estabas ahí?.
-Si. ¡Te veías tan feliz y hermosa!
-Lo estaba, era muy feliz - dijo cabizbaja.
-Aquella noche, al volver a casa, había visitas y en mi locura, golpeé a todo el que se pusiera en mi camino y me encerré a llorar en mi habitación. No me lo creerás pero estaba ahí porque esa misma noche iba decidido a declararte mis sentimientos. ¡Que locura no!

Consuelo lo miraba impactada sin saber qué decirle.

-Cuando logré al fin tranquilizarme, salí de la habitación en busca de alcohol y drogas. Sólo pensaba en evadirme y no pensar en que te estaba perdiendo para siempre. Mi tío, que venía llegando desde acá, mira que curioso, me detuvo a punta de golpes y logró contenerme. A la mañana siguiente estaba embarcandome a Europa junto a él para "curarme". Dijo que lo mejor para estas penas era alejarse y dejar que el tiempo hiciera su trabajo. - Alejandro ahogó una lágrima con una cucharada de helado y continuó su relato. - Acá me internó en un centro para adictos. Lo pasé muy mal ¿sabes?. Pero nunca, nunca pude dejar de pensarte. Me traje tu carita de niña conmigo. Tus ojos risueños y esa sonrisa tuya que fue la que hizo que me volviera loco de amor y que me tengas ahora aquí... a tus pies. - Alejandro acarició el rostro de Consuelo mirándola con pasión y ternura.

Consuelo estaba muy conmovida con esta hermosa declaración de amor que estaba viviendo. Casi no podía creer que le pudiera estar pasando a ella. Nunca la había buscado, jamás se lo habría imaginado siquiera. Tenía frente a ella a un buen hombre que la amaba como siempre había soñado que lo hicieran pero en sus pensamientos y en su corazón seguía aun fresca la memoria de Max. Lo que la hizo recordar que venía en su busca.

-No me casé, como me imagino que ya debes saber - dijo al fin
-¿Tengo alguna esperanza?- preguntó Alejandro con el corazón en la mano
-El me dejó por otra. ¡Hasta tuvo un hijo!- sonrió nerviosa-. Hoy me he enterado que se separó y ...viene viajando a buscarme.

Alejandro sintió que el piso se venía abajo y que caía y caía en un profundo abismo del cual, esta vez, no podría ni querría salir.

Tratando de mantenerse aun en pie después del notición que le acababa de dar Consuelo se acomodó en su silla y volvió a tomar de su helado ya derretido por completo a esas alturas de la noche.


-Y ¿sabes cuando llegará?. ¿Debes estar muy feliz? - dijo, tratando de ahogar su angustia.
-No se nada. No sabe donde vivo. Dejé claras instrucciones antes de venir que no le dijeran a nadie donde estaba.
-Y... ¿quieres que te encuentre?

Consuelo dudó un rato antes de responder.

-No lo sé. Ahora no lo se. - Dijo, levantándose de su asiento - Gracias Alejandro, ha sido una velada maravillosa. Jamás la olvidaré... Adiós.
-¡Espera!. ¿Dónde vas?.. Te acompaño.

Alejandro saltó de la silla, pagó la cuenta y se fue caminando junto a Consuelo, llevando sus manos a los bolsillos y mirando la luna, la que a esa hora iluminaba el cielo despejado de la noche madrileña.

Todo su cuerpo quería cometer el suicidio de lanzarse al vacío y con los ojos cerrados dejarse caer sobre Consuelo. Atraparla entre sus brazos para besarla y acariciarla como siempre había soñado, como sabía perfectamente, nunca nadie lo había hecho ni lo haría jamás.

Por su parte, Consuelo, sin levantar la mirada del suelo, le observaba de reojo y en sus pensamientos más profundos deseaba que aquellos brazos calmaran al fin su ansiedad y que aquella boca la llenara de esos besos que alguna vez imaginó él podría haberle dado cuando lo veía pasar frente a su casa y sentía sobre ella la mirada de pasión que él le brindaba y que a ella tanto miedo le causaba.

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(Escrito 15/09/2010)

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