jueves, octubre 17, 2013

APRENDIENDO A AMARTE Capítulo 13.


-No podemos esperar más tiempo Gustavo. Debo irme de aquí cuanto antes - dijo Emma mientras clavaba sus ojos en los de su amante.
-Emma, ten un poco de calma por favor. No podemos levantar sospechas.
-¡Que no te das cuenta que debo asegurarme de que Max esté muerto! Me he metido con gente muy peligrosa ¿sabes? Y si no consigo pagarles pronto ¡estoy muerta!
-¿Qué has hecho Emma?
-¡No preguntes! Mientras menos sepas mejor - dijo ella, mirando por la ventana esperando ver que nadie la haya seguido hasta aquel lugar.
-Muy pronto me enjuiciarán por lo del viejo y no puedo estar aquí ¿entiendes? - dijo Emma, moviéndose nerviosa dentro de aquella pequeña habitación.
-Es muy arriesgado lo que piensas hacer - exclamó Gustavo, siguiendo sus pasos con la mirada.
-No puedo cambiar los planes. Debo estar en Madrid lo antes posible para terminar el trabajo. Una vez allá será mas fácil hacerme de la fortuna que me corresponde por soportar a ese imbécil por tanto tiempo y más encima dejarme embarazar por él.
-Ten, aquí están los papeles para que puedas viajar. No se en que estás metida esta vez Emma, pero en esta ocasión no cuentes conmigo. Ya he arriesgado demasiado y la verdad... no vales tanto la pena - dijo Gustavo con desdén y mirándola casi con repulsión.

Emma sintió la puñalada de sus palabras.

- Con menos gente tendré entonces que repartir el dinero - dijo ella, tomando los papeles y marchándose del lugar rápidamente.

Salió de aquel motel decidida a que nada ni nadie le quitaría la posibilidad de arrebatarle todo a Consuelo para así sentirse satisfecha y feliz finalmente.

Desde niña siempre quiso lo que ella tenía. Una familia unida, un padre y una madre que se amaban, buenas amigas. Además de lo linda que era, todos los ojos se fijaban en Consuelo antes que en ella. En cambio Emma, nunca sintió el amor y el calor de un hogar. Su madre nunca estaba en casa y su padre era un estafador y un sinvergüenza que vivió toda su vida escondiéndose de la justicia. 

Emma quería vivir la vida de Consuelo, quería ser Consuelo, por lo que se empeñó en quitarle todo lo que la hiciera feliz.

Ahora ella sería la chica afortunada a la que todos amarían y Consuelo quedaría sola, tan sola como Emma lo había estado durante toda su vida.

Una vez que Consuelo conoció a Max, se dió cuenta que él se convertiría en el medio para lograrlo.

Emma sabía el punto débil de él ya que Consuelo se lo había comentado inocentemente, como todas las buenas amigas se comentan las aventuras y desventuras con sus enamorados.

Debido a que Consuelo se había convertido en una mujer tímida e insegura, no le resultaba placentero entregarse por completo a la pasión que Max buscaba en una mujer. Emma se había encargado de provocar en su amiga aquellos temores cuando, aun siendo unas niñas, le hizo creer que Alejandro había intentado abusar de ella. Situación que la intimidó y le provocó serios traumas que la llevaron a bloquear de su memoria aquel recuerdo.

Alejandro se había convertido en el primer amor de Consuelo. Emma se mordía los labios y apretaba los dientes cada vez que observaba como ellos se miraban al cruzarse por la calle o al encontrarse en cualquier lugar.

Ella intentó entrometerse en muchas oportunidades para separarlos pero Alejandro siempre lograba reaparecer en la vida de Consuelo. Hasta el día en que él cayó seducido por las drogas y el alcohol. Esa fue la oportunidad para Emma de separarlos definitivamente.

Ahora, después de tantos años, Alejandro era parte del pasado. Emma ya no tenía porque temer por él. Max era el siguiente. 

-Una vez que él desaparezca, su gran fortuna pasará a mis manos - pensaba,  mientras ajustaba su cinturón sentada en el avión que la llevaría en algunas horas más al destino que tanto añoraba.
-¿y Consuelo ?... Ya veré que hago con ella.

En el otro extremo del avión Aida observaba el paisaje por la pequeña ventanilla.
-¡Al fin volveré a ver a mi pequeña! - pensaba, mientras recordaba la conversación que había sostenido hacía apenas unas horas atrás.

-Esta será una misión peligrosa lo sabes ¿cierto? - preguntó el abogado de la embajada.
-Si, no se preocupe. Cualquier cosa con tal de volver a ser libre.
-Aida. Por favor no te arriesgues en vano. Ya sabes donde llegar y con quien contactarte - dijo el alcaide con tono paternal
-Está bien - dijo una voz por el altavoz del teléfono - la esperamos. Contamos con todo su apoyo y discreción.
-Asi será señor. Sólo una cosa
-Diga por favor
-Mi hija, ¿cuando podré verla?
-No se preocupe por eso. Ya la hemos contactado y ella está bien. Cuando sea el momento usted sabrá donde encontrarla

La voz en el teléfono se cortó y Aida salió de aquel lugar extremadamente contenta. No pensaba en los riesgoso de su accionar, sólo en que pronto estaría junto a su niña nuevamente.


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(Escrito 14/10/2010)

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