jueves, octubre 17, 2013

APRENDIENDO A AMARTE Capítulo 8.

Consuelo no podía disimular sus nervios y angustia al entrar en el apartamento de Alejandro.

-¡Que loca debo estar!. No lo veo en miles de años, no he cruzado palabra con él desde que era niña y hasta ahora... pero aquí estoy. No sé por qué siento que puedo confiar en él. Aunque aun algo dentro de mi le teme... y mucho. ¿Por qué produces en mi estas sensaciones Alejandro? - Pensaba Consuelo mirando como él se deshacía en atenciones con ella para hacerla sentir cómoda.

Por su parte, Alejandro no cabía en si de tanta felicidad. Ahí estaba ella. La mujer que había amado toda la vida. En su casa, tan cerca de él. La miraba con los ojos brillantes y una sonrisa de niño travieso que no podía disimular.

-¿Que te sirvo?. ¿Un café?, ¿un trago?
-Alejandro recién nos tomamos algo ¿no recuerdas?
-¡Bah!. Si disculpa es que... Creo que te has dado cuenta.. Debo verme como un tonto así todo nervioso.

Consuelo le sonrió coqueta mientras se acercaba al balcón y observaba a través de las cortinas hacia la calle.
-¿Puedo abrir aquí? - preguntó ella
-¡Claro!. Permíteme. Es que a veces se traba. - Dijo él ayudándole a abrir el ventanal.

Al salir al balcón una brisa suave y un poco fría acarició sus cuerpos haciéndolos estremecer. El viento jugaba con los cabellos de Consuelo revolviéndolos mientras ella intentaba en vano una y otra vez volver a ordenarlos con sus manos.

Aquella visión fue ensoñadora para Alejandro. Sentía como su corazón palpitaba a mil por hora y que en cualquier momento se escaparía de su pecho. Le faltaba el aire para poder respirar. Sin pestañear un solo momento, con la mente en blanco, sus manos se posaron sobre el cuello de Consuelo y su boca se lanzó sobre los labios de ella sin previo aviso.

Un golpe de corriente los recorrió a ambos de pies a cabeza. Consuelo no podía creer lo que estaba sintiendo. Estaba paralizada pero no quería que aquel momento terminara. Sus pensamientos iban hacia las manos de Alejandro - ¡Tócame, por favor! - pensaba - ¡No me sueltes!.

Esta última frase se escapó de sus labios cuando Alejandro, ebrio de amor por ella, la separó de su boca para observarla mientras ella seguía manteniendo sus ojos cerrados y su respiración se hacía cada vez más agitada.

-¡Te amo Consuelo!. ¡Te he amado toda la vida!. Este momento ha estado en mis pensamientos desde que era un niño. - Le dijo, sin separarla de su cuerpo ni un solo instante.

El ruido de la ciudad y el viento fresco que volvía a levantarse y a soplar fuerte sobre ellos hacía que Alejandro tuviera que alzar la voz para confesar al fin sus sentimientos.

Consuelo abrió los ojos aun conmovida por aquel beso dulce, suave, apasionado y tierno que le había producido ese extraño estremecimiento, un leve mareo y esas maripositas en el vientre que creyó nunca más volvería a sentir por nadie. También se sentía avergonzada por esas palabras que hubiera querido no se escaparan nunca de su boca, las que deseaba con toda su alma él no hubiera oído.

Alejandro la miró sonriente acercándola más aun hacia él volviendo a besarla. Esta vez con mucha más pasión. Acarició con sus dedos suavemente los labios de Consuelo para luego atreverse a abrir su boca y comer la de ella. Sentir su lengua dentro de él y todas sus cavidades.

A pesar del frío, que ya se dejaba sentir a esas alturas de la noche, sus cuerpos estaban tibios. El latido de sus corazones se dejaba sentir por sobre su piel y sus ropas. Las caricias comenzaban a ser más atrevidas.

La mente de Alejandro se había esfumado, su cuerpo y su alma estaban entregados a aquella pasión reprimida por tantos años y que ahora se permitía dejar libre a los delirios de sus deseos. Sus manos hábilmente bajaron por el costado de Consuelo hasta llegar a su cintura y luego a sus caderas. Consuelo aun no lograba reaccionar. Su mente también se hallaba perdida y sólo se dejaba llevar por el deseo que  descontrolaba todos sus sentidos haciéndolos volar lejos, olvidándose de todo y de todos. Se sentían como volando, como flotando en el aire.

Alejandro ya no podía más. Debía llevarla hasta su cama. Quería amarla con todo. Deseaba entregarse a ella como a nadie nunca antes lo había hecho.

De repente, Consuelo sintió que sus pies ya no tocaban el piso y que su cuerpo comenzaba a enfriarse un poco. Abrió los ojos y se dio cuenta de todo. Alejandro la estaba llevando en brazos hasta su habitación y ella se lo estaba permitiendo.

-¡Alejandro, qué haces!
-No te preocupes mi vida. No te haré daño. Te amo demasiado. - Dijo él volviendo a besarla en la boca mientras la dejaba sentada sobre la cama y comenzaba a quitarse la camisa quedando con su pecho desnudo para acercarse nuevamente a ella y hacer lo mismo con su blusa.

Consuelo al verlo, no supo qué hacer. Definitivamente le gustó lo que vio y su piel ardía por sentirlo cerca. Dejó que sus manos llegaran hasta sus pechos. Le permitió que su piel tersa, caliente y húmeda se aferrara a la de ella. Agradeció al cielo que aquella boca rozara, besara, acariciara, mordiera y bebiera de sus pezones hasta hacerla gemir despacito y con calma.

Alejandro estaba como loco. Desesperado por tenerla al fin dentro de él y sentir su sexo húmedo y tibio en su pene, en su boca, en su lengua y en todo su ser, fue bajando con sus labios y su lengua por el vientre de la mujer que amaba.

Consuelo en tanto gemía de placer. Su cuerpo se contorsionaba mientras sus manos se agarraban a las sábanas con fuerza. No entendía cómo y por qué le permitía a este hombre llegar hasta donde nunca nadie, después de Max, le había permitido llegar.

De repente un rayo de conciencia se apoderó de ella. Abrió los ojos espantada por lo que acababa de recordar.

-¡No Alejandro por favor. Detente. No!
-¡Consuelo!. ¿Te he hecho daño?. ¡Dime por favor!- Exclamó Alejandro asustado y agitado, acercándose hacia ella tomándole el rostro con sus manos.

Ella, cubriendo sus pechos con sus brazos se apartó de él mirándolo con lágrimas en los ojos.

-¡Consuelo por favor dime algo! - Exclamó aterrado Alejandro, intentando acercarse nuevamente a ella.
-Lo recordé todo - dijo al fin llorando
-¿Recordar?. ¿Recordaste qué? - preguntó él angustiado
-Recordé por que te temo.
-¿Me temes?. ¡Pero cómo!.. Yo...
-Fue al poco tiempo después que me gritaste en plena calle que me amabas. Yo tenía 15 o 16 años tal vez. - Dijo ella, bajando la mirada, mientras que Alejandro la observaba incrédulo.
-Con mi amiga.. Ja!, mi amiga - sonrió irónica y tristemente y luego continuó - Fuimos a esa disco ¿te acuerdas?.

Alejandro pareció que la cabeza le daba vueltas y sólo la miraba sentado desde el otro extremo de la cama.

-Logramos entrar a pesar que no podíamos por nuestra edad pero había más gente adentro de nuestra misma edad... Estaba tu.
-Consuelo... ¡Eramos unos niños!. Yo...
-Te vi y no sé por qué siempre me sucedía que me alegraba saber que estabas ahí e imaginaba que observabas cada movimiento que yo hacía y ...
-Siempre fue así. Donde sea que nos encontráramos mis ojos eran solo para ti - le interrumpió Alejandro.
-Pero aquella noche no fue así.
-¡Consuelo por favor!
-Mi amig.. Bueno ella.. Emma, se fue al baño sola. No dejó que la acompañara y me dejó sola por un rato. Tuve miedo. - sonrió - Siempre tenía miedo.

Alejandro ya no podía seguir sentado. Se levantó de la cama y se fue hasta la ventana dándole la espalda a ella e intentando ahogar las lágrimas que ya se le atragantaban en la garganta.

-No aguanté más y me acerqué hasta el baño de la disco. ¿Te acuerdas como era?. Ahora ya no existe.. La derrumbaron para hacer grandes edificios ¿sabías?.

Alejandro no decía nada.

-Para llegar hasta los baños había que entrar por un largo pasillo muy oscuro. Luego, al costado izquierdo las niñas, al costado derecho los niños.. Pero en medio había otro pasillo, tan oscuro como el principal.

Por unos instantes Consuelo se quedó muda. Continuaba sin poder levantar la mirada y ya las lágrimas inundaban sus mejillas haciendo que la vista se le nublara y la voz le temblara.

-Fue ahí que los vi - dijo al fin. Muy angustiada con voz entrecortada.

Alejandro se dio vuelta con los ojos llenos de lágrimas acercándose hasta ella llorando.

-¡Yo no hice nada, por favor créeme!- dijo suplicante, arrodillado ante ella.
-Tu mano le tapaba toda la boca. Tus ojos estaban cerrados y la rodeabas con tu brazo por la cintura. Ella me miró como pidiendo ayuda y yo... No supe qué hacer. Me quedé paralizada.
-Estaba borracho y drogado. ¡Pero estoy seguro que yo no le hice nada Consuelo tienes que creerme! -dijo tomándole las manos y apretándolas firmemente.
-Luego, todo se vuelve muy confuso. Recuerdo que no lograba hacer reaccionar mi cuerpo. Mucha gente apareció y gritaban. Emma logró soltarse de ti y salió gritando de aquel pasillo ¡Violador, violador!, mientras tu te dejabas caer al suelo desde donde alzaste la mirada y me viste. Tus ojos eran aterradores. Estaban rojos y como desorbitados. Decías cosas incoherentes y ...
-¡No sigas por favor!. Ya no sigas. Nunca le creas a un borracho que diga que no recuerda lo que le pasó durante su embriaguéz. Eso es mentira. Yo lo recuerdo todo. Si bien no nitidamente recuerdo ....
-¿Por qué? - lo interrumpió ella .
-Consuelo por favor tienes que oír mi versión. Te ruego que me escuches...

Alejandro se acomodó frente a ella pero Consuelo continuó con su relato.

-Desde ese día, cada vez que te veía, me invadía un gran temor pero no lograba entender los motivos. Había borrado de mi mente aquel recuerdo. Luego te convertiste en un linda leyenda en mi memoria. A veces me preguntaba si realmente habías existido. ¡Ay Alejandro! - suspiró ella mirándolo fijamente - ¡Lo que lograbas hacerme sentir cada vez que te sabía cerca!. Muchas veces creí que habías sido sólo una historia que alguien me había contado y que yo la había hecho mía.

-Consuelo aquella noche te vi y me volví loco. Sólo quería invitarte a estar junto a mi. Deseaba tanto tenerte cerca, escucharte, tocarte. Pero era un niño y tenía tanto miedo de tu rechazo que me puse a beber sin medida. Luego los amigos sacaron el "pito" y ya no era dueño de mis emociones ni de mis pensamientos. Te seguía observando. Pensé que con todo lo que me había metido me armaría de valor para acercarme de una vez a ti y hablarte, pero no fue así. Si bien tengo algunas imágenes de aquella noche borradas completamente de mi cabeza recuerdo perfectamente que tu amiga me dijo al oído que tu querías hablarme sobre lo que había pasado hacía unos días en la calle.

Consuelo con la mirada triste lo escuchaba atenta. Le dio frío y estaba cansada. Se metió bajo las sábanas para entibiar su cuerpo y continuó oyendo lo que tenía que decir en su defensa Alejandro.

- Yo estaba muy feliz. ¡Tu querías hablar conmigo! Imagínate lo que eso significaba para mi. Me envalentoné tomándome casi toda una botella de pisco y me volví a drogar fuerte en los baños. Para cuando salí de ahí. Me dejé llevar por unas manos suaves de mujer. Pensé en todo momento que eras tu. Luego, todo se fue a negro nuevamente. Cuando logré reaccionar tenía a alguien tomándome muy fuerte de las manos. Abrí los ojos al fin, te vi ahí, de pie, parada frente a mi. No se qué sucedió entre medio, sólo te puedo decir que tengo la certeza absoluta de que yo no le hice daño a nadie. ¡Nunca le he hecho daño a nadie!. Sólo a mi - dijo finalmente Alejandro cabizbajo.

Cuando se acercó a la cama para escudriñar en los ojos de Consuelo se dio cuenta que ella se había quedado dormida. Sonrió dulcemente y cubrió su cuerpo con el edredón para luego acariciar suavemente su hombro desnudo y besarle.

Se recostó a su lado pero por sobre las frazadas. No quería que por nada del mundo ella se sintiera presionada ni acosada. Deseaba despertar junto a ella. Saber que estaría ahí, en su cama, a la mañana siguiente. Se durmió abrazado a ella, sintiendo aun en su piel, en sus manos y en todo su cuerpo la agradable sensación de sus caricias, de sus besos, de su boca, de sus pechos. Soñó con que al fin era de él y él de ella y que nada ni nadie los separaría jamás. Soñó, como tantas noches antes, que ella le decía "Te amo" y una sonrisa se dibujó en su rostro.
-Ella sintió algo por mi alguna vez. - Pensó al recordar sus palabras, mientras una sigilosa lágrima se dejaba caer por sus mejillas.

Era de madrugada y Max ya estaba pasando por la aduana. Su mente estaba concentrada. Sabía que la encontraría. - Consuelo, eres mía. Voy por ti - Pensó al cruzar la puerta que lo llevaría de vuelta a los brazos de su amada.


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(Escrito 29/09/2010)

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