jueves, octubre 17, 2013

APRENDIENDO A AMARTE Capítulo 7.


Aida aun no daba crédito a lo que había escuchado. ¡¿Cómo era posible que una mujer; que una madre pudiera poner en riesgo la vida de su hijo por un dinero que no le pertenecía?!.

Ella lloraba despacio al recordar a su pequeña. ¡Cuánto deseaba estar junto a ella, abrazarla, besarla y decirle que la amaba con toda su alma!.

Durante los momentos en el patio común de la cárcel, Aida observaba a Emma que junto a Rosa continuaban fraguando su malévolo plan y se preguntaba ¿qué tanto daño podría haberle hecho ese hombre que ella odia como para querer deshacerse de él de esa manera?.

Recordó al padre de su hija. Recordó la violencia que tuvo que soportar junto a él desde que era una niña. En su aldea, aun guardaban la costumbre de casar a las hijas siendo estas muy jovencitas buscándoles el marido que las protegería y amaría para toda la vida. Al menos esa era la ilusión de la pequeña Aida.

Su matrimonio fue una hermosa ceremonia llena de alegría. Aunque su madre no estaba muy de acuerdo con el novio elegido, no podía ir en contra de las decisiones de su marido. Con lágrimas en los ojos le pidió que hiciera lo imposible por ser feliz.

-Lo haré madre. Osman parece ser un buen hombre.
-Lo se hija. Tu padre buscó entre las mejores familias que aun existen por los alrededores y lo escogió a él.
-Mi padre siempre ha querido lo mejor para mi, ya lo se madre.
-Recuerda que debes serle obediente y sumisa. A nuestros hombres no les gustan las que responden y tienen carácter fuerte.
-No te preocupes madre. Seré una buena esposa. No tendrán de qué avergonzarse.

Aida lo intentó. Quiso fervientemente ser una amante y fiel esposa pero su marido resultó ser un hombre que no amaba a las mujeres. En su noche de bodas ya comenzó a demostrar lo que sería su vida junto a él.

Sin ningún preámbulo la lanzó contra la pared y le sacó su vestido a tirones. La golpeó y la ató a la cama para abusar de ella de las maneras más aberrantes que jamás Aida había imaginado.

Ella pensó que así debía ser. Que aquello era lo "normal" y calló para no avergonzar a su familia y no sentir rechazo de ella misma.

Así transcurrieron alguno años hasta que logró quedar embarazada. Su marido no soportaba la idea de no poder poseerla a su anotojo ya que Aida desde que supo que esperaba un bebé se aferró a él y las fuerzas que ya sentía que la habían abandonado volvieron a ella de una manera brutal. De esta forma comenzó a defenderse de los malos tratos que él le daba.

El se sintió disminuido y lo único que lograba imponerle como castigo era hacerla dormir en el suelo. Aida aceptaba esto gustosa. Todo, con tal de no estar a su lado ni sentirlo cerca ni olerlo... nada.

Cuando el bebé nació y vieron que era una niña, Osman decidió abandonar el hogar y partir lejos, fue cuando Aida al fin comenzó a sentirse libre nuevamente. No le importaba ya lo que dijera la gente. Ella sólo vivía por su pequeña hija.

Pero al cabo de un tiempo Osman regresó a la casa con gente desconocida obligándola a ubicarlos dentro del hogar.

Eran narcotraficantes. Osman se había inmiscuido con esa clase de gente ya que su familia lo había desheredado una vez que abandonó a su esposa y se enteraron que andaba relacionado con gente indeseable.

Una tarde, al volver de las compras, Aida no encontró a su pequeña en casa. Osman se la había llevado con él. Ella se volvió loca buscándola hasta que los narcos le advirtieron:

-Volverás a ver a tu hija una vez que dejes esta mercancía en donde nosotros te digamos.
-¡Donde está ella!. ¡Con quien está!. ¡Debo verla!
-Te dejaremos verla antes de irte. Solo así nos aseguraremos de que harás lo que te estamos pidiendo.

Aida, loca de dolor y de rabia arregló sus cosas. No veía nada, no escuchaba nada, solo quería volver a estar junto a su bebé.

Llegó el día en que debería salir del país y los narcos la llevaron con los ojos vendados hasta donde se escondían Osman y otros hombres. Ahí estaba la niña. Sana, al menos y no se le veía triste. Porque Aida iba con el firme propósito de matar si era necesario si no veía a su pequeña o si ésta estaba mal herida.

-Una vez que te vayas la dejaré con tus padres y les diré que tuviste que salir en un viaje urgente
-Más te vale que no le hagas daño porque ¡juro que te mato! - Le dijo Aida con los ojos brillantes de rabia y dolor
-Cuando nos informen que la mercadería llegó a buen puerto te mandaremos los pasajes de vuelta y podrás ver a tu hija. Luego de eso no te molestaré nunca más
-Quiero el divorcio - dijo ella enérgica.
-Está bien. Mientras estés de viaje haré los trámites, ya no me interesas.
-Yo al menos intenté amarte pero tu... Ya no me importa el que dirán ni la vergüenza. ¡Te quiero fuera de nuestras vidas!- dijo y se dirigió corriendo hasta donde estaba la niña para abrazarla fuertemente y darle un beso en su carita y en sus ojitos regalones.

Esa fue la última vez que vio a la pequeña Sara. Supo luego, por el abogado que le otorgó el consulado, que la niña estaba con sus padres y que efectivamente Osman había iniciado los trámites de divorcio. Pero luego de esos avances el caso se había mantenido abierto sin que a nadie le importe lo que le pase... ni su verdad.

- Está hecho. Mis contactos lo esperan en Madrid - dijo en voz baja Rosa
-¿Y cuando será? - preguntó Emma
-No lo sé, pero creo que pronto
-¿Y el niño? - dijo Emma
-Están siguiendo su rutina. Ya pronto también estará en nuestras manos.

Aida alcanzó a oír esto último y sintió que el corazón se le encogía de dolor.

-¡Qué harán con ese niño!- se preguntaba - Debo hacer algo... Pero no me creerán lo sé. Haré el intento. No puedo quedarme de brazos cruzados

Sin que nadie notara su desaparición, Aida logró tener una entrevista con el alcaide de la prisión. No sin antes tener que "pagar" el favor a la guardia que ya le tenía ganas hacía tiempo. Esto, a Aida no le importaba. Cerró sus ojos mientras Gioconda la manoseaba, ella solo pensaba en su pequeña Sara y en salvar a ese pequeño que no conocía y por el cual sentía mucha lástima.

El alcaide era un hombre apacible, de mirada penetrante. Desde su llegada a la prisión había logrado pequeños cambios en favor de las reclusas pero su más ansiado logro era erradicar el tráfico de drogas dentro del recinto. A eso se había avocado los últimos meses sin conseguir aun el éxito anhelado.

Esa tarde Aida se presentaba frente a él firme y dispuesta a todo. Presentía que el hombre era de fiar a pesar de su cargo.

-Se quien dirige el tráfico aquí dentro del penal y se que están tramando el secuestro y asesinato de un niño. -Dijo, sin más preámbulos
-¡De qué hablas mujer! - Se levantó de su asiento Miguel

Aida comenzó lentamente a relatarle lo que hacía algunas noches había logrado escuchar y lo que acababa de oír en el patio.

-¿Estás segura de lo que me dices?. ¿Sabe alguien que estás aquí?. ¿Por qué vienes a contarme algo tan serio?
-Solo lo hago por ese niño - dijo Aida con los ojos llorosos - Tengo una hija y no quisiera que....

No pudo continuar, se quebró y tuvo que sentarse para no caer. Sus piernas flaquearon al recordar el rostro de Sara y de todo el tiempo que llevaba ahí sin tener noticias de ella.

Miguel pidió ver su expediente, el de Rosa y el de Emma.

-¿Qué quieres a cambio de toda la información? - preguntó Miguel
-No quiero nada.
-¿Estás segura? - dijo con tono irónico el alcaide - Todas siempre quieren algo
-Se que mi caso no tiene solución.
-¿Cómo sabes eso?
-Porque el abogado nunca más vino a visitarme

-Está bien. Tu sabes que es muy peligroso, para ti especialmente, que se sepan que viniste a hablar conmigo ¿cierto?
-Si, no se preocupe por eso. Ya lo tengo solucionado
-Quiero que vengas mañana a esta misma hora. Sin que nadie se de cuenta y ahí hablaremos de tu caso y de lo que me acabas de venir a contar

Aida salió del despacho satisfecha. Se sentía tranquila con su conciencia. Volvió a escabullirse entre las reclusas para no ser vista y se refugió en su celda. Ahí esperaría lo que dijera el alcaide.

Max pensaba que faltaban solo unas pocas horas para volver a ver a Consuelo.

Imaginaba las diferentes formas en las que le pediría perdón por su gran error. Por haberla abandonado siguiendo sólo una pasión desenfrenada pero que lo dejaba vacío y sin ilusiones y sin amor.

¡Cuántas veces recostado junto a Emma, después de hacer el amor, la había evocado en su memoria!.

-¿Con quien estará?. ¿Me seguirá amando?. ¿Me habrá perdonado? - Todas estas preguntas volaban a su cabeza mientras observaba junto a él a Emma dormida e imaginaba que era ella, Consuelo.

Nunca logró sacarla de su cabeza ni de su corazón. Se sentía culpable por haber optado por la pasión que le otorgaba Emma y no por el amor que le ofrecía sin condiciones Consuelo.

La veía tan vulnerable. Estaba tan apegada a él que a veces hasta le molestaba que lo llamara, que lo buscara todo el tiempo. Dependía demasiado de él y eso terminó por cansarlo.

La amaba por como era pero le hubiese gustado que fuera más independiente, más madura. Así como veía que era Emma. Ya no una niña tierna y tímida que daban ganas de amar y proteger, la quería ver fuerte y con más personalidad.

Esa era la mujer que iba a buscar. Una Consuelo más mujer, que toma sus propias decisiones y camina con la mirada en alto buscando superarse cada día.

Consuelo, efectivamente había cambiado. Su historia con Max la había hecho madurar pero sin perder su esencia. Ahora vivía su vida, tomaba sus propias decisiones, alzaba la voz si era necesario para defenderse o defender causas que consideraba justas. Había aprendido también que las parejas se forman para estar juntas y recorrer el mismo camino uno junto al otro pero que no se es dueño del ser amado. Aprendió que cada uno necesita su espacio porque cada ser es un mundo aparte y ese mundo estaba antes que uno por lo que merece respeto.

Aunque ante los ojos de Alejandro seguía siendo aquella niña tierna y dulce que él quería amar y proteger toda la vida, el resto no importaba. Él la había amado así tal cual era y desde siempre.


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