viernes, octubre 18, 2013

APRENDIENDO A AMARTE Capítulo 20.


En la boca de Rosario aun quemaba  el beso que le había dado Mike antes de partir.
Sin duda él sentía algo por ella, pero - ¿qué? - , se preguntaba, mientras observaba a través de la ventana. 

Un leve dolor se clavó en su pecho instalándose el miedo y la angustia en su corazón como una puñalada. ¡Mike!, dijo cerrando los ojos.

El duque había salido a dejar a Mike hasta el portal deseándole toda la suerte del mundo en su misión.

-La vida de mi … Alejandro está en tus manos mi querido Mike – dijo Hernán, intentando mantenerse firme.
- El estará bien. He´s an smart guy… like you my dear friend – le sonrió, apretando fuertemente su mano mientras con la otra palmoteaba su espalda.

Mike subió a su auto y una leve sonrisa se dibujó en su rostro – I Knew it!! – dijo, saliendo rápidamente de la propiedad.

Aida observaba aquel despacho reparando en la gran chimenea que comenzaba a entibiar rápidamente el ambiente. Ella miraba concentrada la llama y pensaba en su hija. Algo le decía que pronto estarían juntas al fin.

-Señoritas, disculpen la tardanza por favor. Acabo de instruir a mis empleados para que las acomoden en una habitación. Por el momento es muy peligroso que salgan de aquí. – volvió diciendo Hernán
-¡En la misma habitación! – Se apuró en exclamar Rosario, a quien no le daba confianza aquella mujer de piel oscura y mirada penetrante.

Aida la miró sin decir nada. Le daba lo mismo. Estaba ya habituada a compartir espacios pequeños con gente desconocida y de la peor clase. Rosario al menos le parecía alguien decente.

-No Rosario. La mansión es lo bastante grande como para acomodarlas a ambas en habitaciones separadas. Entiendo que deseen un poco de privacidad.

Rosario se sintió aliviada, pero recordó que al salir del apartamento no llevaba nada más que la ropa que traía puesta. Incluso Kirk, su gato, se había quedado solo allá.

-Debo anunciarle acerca de mi decisión a la duquesa para que esté al tanto de su estadía junto a nosotros. Ella no sabe nada de todo esto señoritas, por favor les pido, como siempre, la mayor discreción.

Ambas chicas lo miraron un tanto desconcertadas.

¡Como era posible que ni su propia esposa estuviera al tanto de los acontecimientos!

-Definitivamente estamos metidas en algo grande – pensaba Rosario asustada.

A los pocos momentos llegaron un par de empleados, quienes les mostraron el camino hasta lo que serían sus habitaciones por algún tiempo.

-Señor duque – disculpe que lo moleste pero debo confesarle algo – dijo tímidamente Rosario
-Si, por favor dígame
-Lo que sucede es que salí de manera tan abrupta de casa que no traje nada de ropa para cambiarme y me gustaría tomar un baño.
-¡Pero claro!. ¡Cómo no había pensado en eso antes!. Cosas de mujeres – exclamó el duque sonriendo
-Aida, me imagino que usted tampoco tiene vestidos y ropa adecuada para esta época del año.

Aida agachó la mirada y movió su cabeza de lado a lado.

Entre su equipaje no venía nada más que un vestido sucio y raido y unas sandalias rotas. Que fueron las ropas que usaba al momento de su detención.

Miguel, el alcaide, se había preocupado de comprarle algo para el viaje. Pero había olvidado un pequeño detalle, no reparo que si en América del Sur es verano en Europa era Invierno, por lo que sólo llevaba puesto un vestido floreado sin mangas. Aida no dijo nada cuando se lo entregó. Ella si sabía que donde iba haría frío, pero prefirió callar para no incomodar a su benefactor. Ya vería ella como solucionaba aquel pequeño inconveniente.

-No se preocupen. Tenemos una habitación llena de vestidos y cosas de mujeres. ¡Ideas de mi esposa! – Dijo Hernán, acercándose hacia uno de sus empleados para indicarle que las acompañara hasta aquella habitación.

-Mientras, yo buscaré a la duquesa. ¿Dónde se habrá metido esta mujer? – exclamó Hernán mientras se dirigía por el pasillo hacia las escaleras.

Rosario y Aida se miraron de reojo. Hasta el momento ninguna de las dos había cruzado palabra.

El gran walking-closet al que se refería el duque estaba en el último piso de la mansión. Se lograba llegar hasta el por una pequeña escalera. Era un gran espacio, lleno de luz. Rosario recordó la primera vez que había estado ahí. Fue la noche en que conoció a Mike. A la duquesa no le había parecido bien la ropa que usaban para aquella fiesta ella y Consuelo, por lo que las envió a ese mismo lugar para que se cambiasen.

Aida estaba fascinada. Nunca había visto tantos vestidos y zapatos hermosos, de tantos colores y telas diferentes.

Las chicas parecían niñas pequeñas sueltas en una gran juguetería. Se probaban todo, se miraban en los grandes espejos, rodeaban sus cuerpos con los trajes y giraban sobre si mismas encantadas. Olvidando por unos instantes lo que estaba sucediendo allá afuera.

De repente, una puerta cerrada llamó su atención. Se escuchaban voces del otro lado y decidieron prestar atención.


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26/10/2010

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