viernes, octubre 18, 2013

APRENDIENDO A AMARTE Capítulo 24.


Alejandro no podía perder tiempo llorando y lamentándose. Debía actuar, pensar rápido.

El ruido de las balas y los gritos que salían de la boca de Max al ver el cuerpo ensangrentado de Consuelo no le permitían concentrarse.

 - Esta cabaña es un refugio – pensaba, mientras que con su camisa intentaba detener la sangre que brotaba del cuerpo de Consuelo.
-Si es un refugio de mafiosos…. Debe tener algún escondite. Debe tener alguna puerta secreta que nos logre sacar de aquí. – se decía, a la vez que miraba desesperado a su alrededor buscando respuesta a sus preguntas.

Cuando la balacera era más intensa y todos trataban de salvar sus vidas, tomó el cuerpo de su amada y lo arrastró hacia la cocina que estaba a un costado de la puerta que daba al bosque donde había intentado ocultarse Consuelo hacía unos instantes atrás.

Necesitaba aclarar la mente y sintió que oculto tras el mesón que dividía el comedor con la cocina estaría un poco más seguro. Aquella madera se veía firme y lograría esquivar las balas que, con seguridad, eran de los agentes a los cuales, por medio de su GPS instalado en su teléfono móvil, había dado aviso de su ubicación exacta.

Cuando al fin se había dado cuenta que la herida de Consuelo no era tan grave como lo había imaginado a raiz de la gran cantidad de sangre que emanaba de ella, una bala vino a golpear un botellón lleno de un liquido verde que permanecía sobre aquel mesón empujándolo hasta azotarse y romperse en mil pedazos contra el suelo.

Alejandro intentó protegerse y proteger a Consuelo con sus brazos y su cuerpo. Se agachó hasta apretarse contra el piso. En ese instante se dio cuenta que aquel extraño liquido verde se escurría misteriosamente por entre las rendijas de la madera no volviendo hacia la superficie ni rebasándose, como sería lo lógico.

De inmediato comenzó a mover el pesado mesón hacia atrás aplicando todas sus fuerzas, hasta que lo que había imaginado estaba ante sus ojos.

Una pequeña escotilla adosada a la madera de aquel piso lo llevaría hasta un sótano justo por debajo de la cabaña.

Antes que Osman y Emma se dieran cuenta de que no estaban, Alejandro bajaba por aquellas escalinatas cargando con el cuerpo de Consuelo sobre sus hombros desnudos, cerrando la escotilla tras de si, escapando de una muerte segura.

Tanta razón tenía Alejandro de que aquella cabaña había sido edificada para la protección de los hombres de la mafia, que no fue tan grande su sorpresa al ver que había prácticamente un mini hospital de campaña levantado en aquel pequeño y oscuro espacio.

Buscó hasta encontrar lo que presintió podría ayudar a detener la hemorragia  de Consuelo.

Mientras, sobre sus cabezas, el infierno ya se había desatado.


Hernán permanecía quieto observando a la mujer que tenía frente a sus ojos. Ya no la reconocía. En verdad nunca se había dado el tiempo de saber quien y como era. Su tristeza era tan profunda cuando se casó con ella que todo le daba lo mismo.

-Señora, necesitamos urgente que nos diga donde y a qué hora se encuentra con sus cómplices – dijo seriamente Rosario – La persona con la que hablé dijo que pasaría por Aida en un momento.
-Ya oíste mujer. Habla – Ordenó Hernán
-No tengo nada que decir. Me debes lo de ese hijo que dices tener
-Yo no te debo nada oíste- le dijo, tomándola por un brazo fuertemente

-Hernán – lo detuvo Aída. El fugaz recuerdo de la violencia que vivió junto a Osman la hizo gritarle para que se detuviera.

El duque la soltó malhumorado – Habla, de todas formas ya estás en serios problemas. La policía vendrá por ti en cualquier momento y si yo no puedo hacer que confieses con seguridad ellos sabrán como hacerlo –

La duquesa entendió que ya todo estaba perdido. Nunca habría querido estar en aquella situación. Ya estaba cansada de esconderse y de vivir siempre asustada. Al filo de la muerte.

-Me pasan a buscar en el Hotel Wellington en… - la duquesa miró el reloj de la pared – tienen menos de 45 minutos para estar allá.

Hernán y las chicas se miraron aterrados. Se encontraban muy lejos del centro de Madrid. No alcanzarían a llegar en el tiempo que indicó la duquesa.

Hernán tomó el teléfono mientras Aida y Rosario se preparaban para ir con el donde les dijera.

-¡Vamos! – dijo – el helicóptero está listo. Mi piloto sabrá donde dejarnos.
-Qué hacemos con ella – preguntó Rosario

El duque llamó a uno de sus empleados ordenándole que mantuviera detenida a la duquesa en aquella habitación que ella había diseñado mientras llegaba la policía a buscarla.

-¡Hernán! No puedes hacerme esto. Soy tu mujer

El duque salió rápidamente de la mansión sin mirar hacia atrás, intentando no escuchar los gritos de su esposa.

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29/10/2010

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