viernes, octubre 18, 2013

APRENDIENDO A AMARTE Capítulo 26.


La lluvia caía sin piedad sobre la cabaña.

El fuerte viento se dejaba sentir por sobre sus cabezas.

Estando ahí abajo no se podía saber si el día ya había llegado  o aun todo permanecía en penumbras.

Consuelo corría, corría desnuda por oscuros pasadizos. Algo o alguien la perseguía pero no lograba saber qué o quien era. Temía detenerse a averiguarlo. Sólo sabía que debía alcanzar aquella luz al final del corredor. Ahí se sentiría a salvo.

De repente, el sonido del mar; luego, el agua salada que subía por sus pies descalzos hasta llegar a su cintura. Su cuerpo se estremeció.

Ahí estaba ella, sola, de pie frente a una gran ola que amenazaba con cubrirla por completo, por inundarla con su marea, con su espuma blanca, con su sal.

A sus espaldas estaba aquel, ese del cual huía. Lo vio salir de aquella cueva y acercarse a grandes pasos hacia ella. La llamaba - Consuelo, Consuelo - Pero ella prefirió la muerte bajo las olas y se entregó al torbellino de las aguas.

Tras bruscos remezones, sentía que su cuerpo se azotaba contras las rocas y ya no podía seguir manteniendo la respiración.

Desde el fondo del mar continuaba escuchando el eco de esa voz tan cercana y tan temible a la vez.

Consuelo ya no siguía luchando; las olas la arrastraban mar adentro ya había dejado de respirar. No quería volver a aquellos brazos que ella tanto amaba. Ahora su calor dolía. No volvería a reflejarse en aquellos ojos dulces, esta vez su mirada sangraba. Era la sangre de Rony la que fluía por sus ojos. Sus manos estaban manchadas.

-¡Consuelo, Consuelo por favor, respira! – desesperado clamaba Alejandro, quien tenía entre sus brazos el cuerpo casi sin vida de Consuelo.

Recordó sus lecciones de primeros auxilios que había recibido hacía años antes. Cuando aun era un adolescente intentando dejar atrás las drogas y el alcohol.

El alma de Alejandro se iba en cada intento de traspasar al cuerpo de Consuelo un aliento de vida, de su propia vida.

-¡No! – Un grito de desesperación logró escaparse de la boca de Consuelo cuando logró nuevamente volver a respirar.
-¡No!, suéltame, por favor, no me hagas más daño – lloraba Consuelo, luchando por conseguir deshacerse de aquellos brazos que le quemaban la piel.
-¡Consuelo, mírame, soy yo, Alejandro! – gritó él, intentando calmarla sin éxito.
-¡No me mates, por favor, no me mates! – Gritaba ella desesperada
-¡Cariño! No. Por favor reacciona. ¡Tenías una pesadilla! – dijo Alejandro abrazándola a pesar de la fuerza que ella ponía para alejarlo de ella.

Consuelo se miró. Estaba vestida. Al menos llevaba una blusa puesta y reconoció sus pantalones que seguían en su lugar. Ya no estaba desnuda.
-¿Dónde está el mar? – preguntó mirando todo a su alrededor
-Mi vida, estamos en un sótano 

Consuelo intentaba poner en orden sus ideas. Recordar qué había sucedido.

Afuera la lluvia comenzaba a declinar y el leve sonido de los pajarillos que cantaban llegó hasta sus oídos. La luz del día estaba pronto a llegar.

Mientras Consuelo permanecía dormida, Alejandro había tomado su móvil dando avisó a Mike de su localización para que fueran por ellos antes que la mafia descubriera que nunca se habían ido del lugar.

Consuelo continuaba agazapada en un rincón. Había logrado recordar todo. La sangre, las balas, las duras palabras de Emma, la mirada avergonzada de Max, las asquerosas manos de Rony sobre su cuerpo,

Sólo quería volver a dormir y desear que nada de aquello hubiera sucedido realmente.

Su llanto ya no era histérico. Entendió que no sacaba nada con llorar y gritar y pelear contra el destino. Estaba ahí, a merced de aquel hombre al cual ahora ya no reconocía.

Alejandro se acercó hacia ella lentamente, muerto de susto. Se horrorizaba al pensar que Consuelo lo podría estar odiando.

Tímidamente secó las lágrimas con sus dedos. Consuelo agachó la mirada. Alejandro enredó sus manos entre los cabellos desordenados de ella acariciando su cabeza e intentando hacer que levantara sus ojos y lo mirara.

-Consuelo, mi vida, soy yo. Sigo siendo yo. Alejandro. ¡Jamás te haría daño!

Pero Consuelo no lo miraba.

-¡No me toques! – le gritó ella, esquivando sus caricias y mirándolo como él más temía que lo hiciera. Llena de odio, dolor y rencor.

Millones de estocadas se clavaron sobre su pecho ante aquella mirada y no le quedó otra que replegarse a su silla y hablarle desde ahí. Sin poder volver a mirarla.

-En unos instantes vendrán por nosotros. De nada sirve que te explique como se han venido sucediendo las cosas. Sólo te pido que por tu bien confíes en mí y me dejes sacarte de aquí.

-¿Confiar en ti?, ¿después de lo que he visto?, ¿después de lo que me has hecho?. ¡Maldita sea Alejandro!.. Yo te amaba. ¡¡abía aprendido a amarte, así tal cual eres! Te lo quería gritar mil veces pero no me atrevía hacerlo.

Alejandro se paralizó. Consuelo le había dicho que ¿lo amaba?. ¿Habría entendido mal? Tragó saliva y continuó escuchando. Su corazón quería confirmar lo que sus que su cabeza había entendido.

-¿Como no amarte? Si lo venía haciendo desde siempre. ¡Pero tú con tu alocado estilo de vida y luego... tu partida hicieron que me llenara de dudas, de confusiones y de tontas inseguridades!

Alejandro no cabía en si de tanta felicidad. Siempre soñó con aquel momento. ¡Cuantas veces deseó escuchar de su boca que lo amaba tanto como el a ella!
Se levantó de su silla para acercársele y abrazarla pero ella lo rechazó nuevamente con fiereza.

-¿Cómo puedo confiar en ti ahora? ¡Dime!. ¿Cómo volver a amarte? ¡Vi como matabas a un hombre ante mis ojos! Me secuestras para no se ¡que estupido plan de mafiosos drogadictos infelices de mierda!

Consuelo se quedó sin respiración y calló nuevamente sobre su cuerpo llorando desconsoladamente.

-¡Yo no te he secuestrado! ¡Por favor escúchame!

El ruido de las aspas de un helicóptero llegó a interrumpirlo todo.

-¡Ahora no es el mejor momento pequeña mía! - dijo y se apresuró en tomarla en sus brazos para subir juntos aquella pequeña escalinata que los llevaría a un lugar seguro.

A Consuelo ya no le quedaban fuerzas para luchar contra su abrazo y su cuerpo desnudo. Llorando, se aferró a él con todas sus fuerzas derramando lágrimas sobre aquella piel que le había pertenecido desde siempre.



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02/11/2010

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